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Plaza

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en su caballo de bronce el General ídem
canteros floridos, césped prolijo
el arenero y el toro-barril, hamacas
bancos y senderos atravesándola
veinticinco años después
la Plaza está enrejada
vigilada con cámaras, despojada
de lo público de su espacio
mi abuelo iba a esta Plaza a jugar
al truco, al dominó, a que era millonario
a que tenia estancias en La Pampa
y yo me subía al toro-barril
mesas de dominó y señores de pelo blanco
escaso, encorvados, con bastones
de miradas extraviadas alegres, a quienes
el ciclo biológico acercaba más que a los adultos
una y otra vez me llevó a esta Plaza
del General de bronce a caballo ídem
que todavía no estaba enrejada
ni vigilada con cámaras
mi abuelo que era gorila, es decir
aniperonista y también antibostero
iba a esta Plaza a jugar
al truco, al dominó, a que era millonario
hoy la Plaza está enrejada
vigilada con cámaras
despojada de lo público
de su espacio enrejado y vigilado
mi abuelo en cambio
está enterrado pero anda suelto
de pelo blanco y bastón
en cada pibe que juega en una Plaza
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federico iglesias

Aves de cielo digital


sin saber qué quieren caen en picada
los pájaros que vagan dicho cielo
como piedras atraídas / por la ley de gravedad
rondan deambulan yerran peregrinan

siempre en el mismo lugar
olla sucia quién te da de comer
esta no es la casa de la poesía
señora de lo no dicho, ausencia corpórea

esquivando páginas, alardes anaranjados
papelitos escritos por ahí
qué palpas con la mirada, abrí los ojos
cerralos, algo distinto de estas palabras

buscan amor sin atrevérsele, aletean
queremos verlo, a eso vinimos, volamos
¿quién manda, la mirada o las cosas?
imposible saberlo

es otra cosa, serán las nubes
caminamos ocho días noches dormimos
camino de ida, como todo camino auténtico
mírate un poco y desmaleza, no sos pájaro?

quién está detrás de tu carne del mundo
(nadie o nada) mueve los hilos, dónde está
no queremos al poeta, le dijeron
cuando abre la puerta cancel en ojotas

no a ti, presencia paralela sombra
silencio de paisaje fotográfico
hasta aquí del mundo al atardecer
¿qué es eso de la sangre que corre por las letras?






federico iglesias


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De cómo una derrota deja de serlo




Yo fui uno de los últimos en subir al barco. Así andaba entonces, de a ratos el cuchillo entre los dientes, otros paciente impaciente, la ansiedad devora estómagos, la certeza hecha un nudo atravesada al despertar un día más y no un día menos. He aquí una historia de batalla. No pretende ser épica, no celebra Héroes y Demonios, no hurga en la mitología un paradigma argumentativo que le de cabida entre Las Letras. He aquí una historia de batalla. Escrita desde por y para ella, digo la batalla, (y batalla rima con ella y eso me da un respiro). Nosotros ¿teníamos un barco?, lo hacíamos navegar y era un barco rentable, lucro ajeno, salado como el agua que lo soportaba desde hacía toda la vida y más atrás, desde hace no sé cuánto que el hombre se animó a una ley física desconocida durante miles de años, intuida por la necesidad apremiante de la supervivencia y el ansia de aventura, eso que nos gusta llamar historia. El barco estaba, digamos encallado, no, digamos ¿a la deriva?, tampoco, digamos fondeado, menos; digamos algo que no se haya dicho sobre un barco que estaba ahí, no me pregunten cómo: La historia del hombre cabe en un barco. Nosotros ¿teníamos? un barco que flotaba, eso seguro. De hecho lo arrebatamos casi sin darnos cuenta, ante una perspectiva que enseñaba un horizonte de trincheras a ocupar. He aquí una historia de batalla.

Una ilusión entonces, algo de que sostenerse, dos o tres certezas bien puestas, todo esto cabía en una valija pequeña, llena de libros y ropas apretadas, único equipaje que autorizaba el reglamento de navegación. Decir un barco es decir su flota, cuya misión era desembarcar en una bahía casi desconocida, no sólo por el botín que prometía toda empresa de este tipo, sino por algo mucho más difícil de conseguir en estos tiempos en los que uno se trepa a un barco y ocupa su trinchera. Y ese algo es el propósito de esta batalla, de esta historia de batalla.

Una vez abordo, algunos subidos sin vacilar, como ocupando su lugar natural, trepados a los mástiles, trincando anclas, botes y demás pertrechos, izando velas, ayustando piolas y relingas, azocando nudos, haciendo lo que había que hacer; otros más dubitativos, como las olas que les provocan mareos y se quejan todo el tiempo y no colaboran, otros porque sí y otros porque no, todos a bordo por razones de raíces económicas, echadas como anclas al fondo del mar. ¿Qué se hace en un barco una vez todos a bordo? Hay un manual de procedimiento que es tedioso ponerse a detallar, sería como explicar la ley de flotación de los cuerpos, la ley de la deriva continental, la ley de plusvalía en nuestro hacer navegar al barco. ¿Soy claro? Lo dudo y eso me obliga a seguir. Salimos a mar abierto las 24 horas. Organizamos la navegación con la horizontalidad que nos permite el balanceo constante del barco, apelando a la experiencia de algunos, a la buena voluntad de otros; contra la indiferencia de quienes solo veían en el barco un objeto que flotaba y nada más...

Se trata de un poblado de antigua data, probablemente producto de las oleadas de migraciones y fundaciones de los pueblos allende el océano. Rosental era el seudónimo del Duque que la compró y sometió en alianza con un grupo de familias vasallas, muchas de ellas de raigambre tradicional, a las que se había ligado a través de varios matrimonios y la firma de un pacto de sujeción. Sir. Gólum Rosental, así se hacía llamar, era un hombre que se distinguía por su egocentrismo descomunal, era arrogante y de una cultura elevada para la época. Tenía ciertas inclinaciones filantrópicas que satisfacía echándose parrafadas de manuscritos sobre lo que había o no que hacer respecto a tal o cual tema. Tomaba las decisiones sin consultar a nadie, era rígido en las normas y severo para los castigos. La importancia de esa bahía en la que habíamos de desembarcar, hay que buscarla en la promesa de un territorio no a conquistar sino a recuperar, a expropiar.

¿Éramos 400, 150, 80, 15, importa cuántos? ¿Importa quién relata? Atrás quedaban los días de búsqueda merodeando el puerto, preguntando aquí y allá con obstinación de jabalí, sintiendo el rumor del oleaje que el viento acercaba a modo de presagio, y más allá la neblina que cerraba los muros sobre la madrugada del agua calma, la marea casi rozando el borde de la luna dónde un tipo aprovecha ese momento para saltar a la superficie lunar; y la crujía constante de las tablas amarradas sogas gruesas saladas rudas apretadas húmedas con nudos de cien vueltas a un palo alfombrado de moho verdoso, y el detalle que obliga a soltar amarras.

La costa a simple vista no se ve, hay que usar binoculares para distinguir el campanario de una iglesia y más atrás, trepados a una colina verde amarillenta tres molinos que asoman sus ruedas por encima de la muralla que rodea el burgo. Esa noche no anclamos sobre la bahía, navegamos en círculos para no perder la ubicación, los menos durmieron de a ratos, el insomnio cundía en el viento que parecía traducir la ansiedad cuando golpeaba contra una bandera que flameaba en jirones más bien púrpuras. Algo, mucho menos indeterminado que el nombre que lo significa, algo por lo que habríamos de dejar la vida si era necesario, algo por lo que de hecho la dejábamos todos los días, en cada nudo, en cada levantarse a cualquier hora y saltar de la cama, con la certeza de hacer lo correcto pero con el estómago lleno de dudas que apretaban como úlceras. Los mareos comenzaban por el estómago y trepaban a la cabeza, muchos vomitaban, otros se retorcían en la cama doblados en dos, había que evitar esos mareos manteniendo un equilibrio difícil, precario, tenaz.

Rosental era una ciudad casi desconocida, que a pesar de estar ubicada sobre una bahía no figura en los relatos bíblicos ni en las referencias que los viajeros dejaban como constancia de los lugares por los que pasaban, señalando distancias y condiciones de navegación, con el fin de armar hojas de ruta y compendiarlas en volúmenes gruesos y pesados que todo barco que se preciara de tal contaba en su gaveta de mando. A esta bahía se accede en cierta época del año, cuando aumenta el caudal de agua y el viento deja de huracanarse y permite una navegación peligrosa pero posible. Había que animarse. Pero para animarse había que conocer estos detalles, que a un lector desatendido le parecerán obvios, pero que eran la piedra angular de la búsqueda de ese algo que se materializaba en cada paso correcto, en cada equivocación. ¿Nuestro? barco no se preciaba como tal y no tenía volúmenes gruesos y pesados en su gaveta de mando, se animaba a la navegación por amor al viento, por amor a los cañones que sonaban como himnos.

(¿No les dije que era una embarcación de guerra, no les dije que sus cañones eran una llave que habría cofres y palacios, no les dije que la guerra es la continuación del comercio por otros métodos?) Suena el primer cañonazo el barco se sacude, se oye un grito de celebración y al ratito el estallido del impacto cerca de uno de los molinos, así una salva de seis cañonazos preludia el ataque de los arcabuceros. Sir. Gólum Rosental todavía no sabe, cuando escucha el primer cañonazo y luego el impacto que zumba en sus oídos refinados, que su suerte está echada, que dos de sus galeones, que surcaban aguas moriscas, naufragaron al toparse con una marina de guerra inesperada en un golfo de nombre intraducible, y que el otro galeón, el resto de la flota que guerreaba y comerciaba para él, ¿nuestro? barco, está de regreso, y cañonea desde la bahía.
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federico iglesias

jueves rojo y verde

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un amanecer echado por la borda
una persiana que gotea luz del día en cuadraditos
una mirada que late quebrada / fija un punto en la pared
un silencio apuñalado por un sonido digital
por qué así
no tan lejos un jueves rojo y verde abrazados
un bosque a la ventana como después de la lluvia
quedan las hojas centellean, chispean, lucen
una brisa cálida, tu ojos aéreos, tus pies en el vuelo
una nube en un cielo no contaminado, te acordás
perfumes que exhalas como flores blancas
en días de tierra mojada y olor al verde que nos rodea
y al rojo, de brazos que te sostienen y hacen girar
placeres que no alcanza el lenguaje
no se atreve a nombrar por temor al sacrilegio
ah, palabras escritas por el viento quedan
como después de la lluvia que pasó, esas gotas
obligado a desmalezar esta cabeza
enturbiada dispersa obsesiva fantasmas
más que muro, fuga triste y bronca
con otros ojos, ataque ciego y derrumbe
duele pensar en esta excusa que actualiza
no se detiene y brota en gotas saladas
entre las manos húmedas que se rehúsan a escribir


federico iglesias
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Airero

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“senderos de brisas aireros hicieron
cantar a los árboles son que da el viento...”
E. Mateo


eras una nube en un cielo no contaminado
aunque flotabas lúdica como el humo dulce
que invitaban tus manos encendidas
te dejabas volar con ese tono que tiene el viento al atardecer
las nubes que atravesamos se anaranjan violáceas
expandidas al horizonte

tu cadencia mediterránea inspira y exhala palabras aéreas
que acarician e inventan placeres nuevos
nuestras lenguas se acoplan y me entrego
a tu boca y te descubro en un orgasmo
que nos habita por la mañana
cuando una hoja en blanco se insinúa
una trampa del juego

no hay dimensión de la percepción
que tus ojos no abarquen
cuando hablan con ese silencio que tienen al mirarme
en los que me sumerjo a tu abrazo fundante
porque el juego vuelve y tu relato me construye
espacios para escribir a las tres de la mañana
cuando ese algún día se hace hoy
y el dictado de una voz que narra con todos tus sentidos
combate la hoja en blanco en un poema de sueños de aire



federico iglesias


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¿Qué busco...

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...a esta hora en la que una puerta de calle me devuelve a eso que gustan llamar realidad o mundo, el espacio en tiempo presente? ¿Qué busco en el espacio y tiempo presente devuelto por una puerta de calle a eso que gustan llamar realidad o mundo? ¿Busco letras y su producto las palabras y su producto el párrafo y su producto un texto y su producto? ¿Busco límites, un recorrido de mosaicos al extravío?
La náusea cosquilla mi estómago y no puedo levantar la vista del suelo: mi sombra se desplaza quebrada contra la pared.
¿Qué busco, la vista clavada en el suelo en un recorrido de mosaicos al extravío, con un olor impío persiguiéndome los pasos, pegado a la piel las manos, todo el cuerpo pegado a la piel y olor, mi cuerpo éste que está acá sentado y escribe?
Un desierto, que nunca es uno el mismo, pero la esencia, el movimiento dialéctico implícito en la metáfora me empuja hacia delante, otros desiertos.
¿Busco, en un desierto que nunca es uno el mismo, la clave para no desandarme de eso que gustan llamar realidad o mundo, con todos sus recorridos de mosaicos al extravío?
¿Me extravío de cobarde?
Crucé el desierto, tengo las credenciales.
Busqué, con un olor impío persiguiéndome los pasos, por el desierto día y noche, de esperas y vientos pesados como ausencias, esa clave síntoma vital, y la muerte esperándome en el cementerio hasta el día que yo quiera.
Así caminaba entonces, así crucé el desierto, tengo las credenciales tatuadas en la piel, alojadas en el hígado, en alguna parte del cerebro.
Queda eso que se define con el gesto de frotar despacio las yemas de los dedos con la del pulgar como tanteando texturas, pero este sedimento no alcanza más que para literatura barata o poesía de revista.
¿Qué busco, tallado a martillazos por un cincel axioma, la experiencia hace la conciencia, en una parada de colectivos a las cinco de la mañana, la existencia atravesada en el estómago y un frío que aprieta?
¿Busco, en una parada de colectivos a las cinco de la mañana, algo más que la relación de explotación que se establece entre un patrón y su empleado, y que permite al patrón ¿y al empleado?, pero más al patrón, mucho más, tener una vida digna, alimentarse, vestirse, educarse, disfrutar del ocio, producir cultura, someterme al cincel axioma que a martillazos nos cala hasta los huesos?

El movimiento dialéctico implícito en la metáfora me empuja a otros desiertos, en los que la muerte te intercepta en una esquina, en una parada de colectivos, cansada de esperar en el cementerio. Y el axioma cincel que a martillazos te define frente a eso que gustan llamar realidad o mundo, un martillazo aquí, otro un poquito más allá..



federico iglesias



Ávidas pesos

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ahora se suben al carro, hay que verlos
montados al caballo del comisario
visten la mentira de virtud
con trapos / se tapan las miserias
que les encera las caras, o es la merca?
ahí están, cómodos y adustos
los paladines del nene de papá
el séquito babeante comprado por
puestitos burocráticos
prebendas privilegios / hay lugar
juegan entre ellos con las cartas dadas vuelta
se hacen señas como en una mano de truco
mienten / mienten que algo quedará
los que ayer metían la cabeza debajo de la alfombra
hoy con ropa nueva, trepan como pueden
hay que verlos, secándose las babas
subidos a un pedestal desde el que miran
hacia abajo cuando se los cala hondo
y esquivan prepotentes sus cobardías


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07 de febrero 2008
federico iglesias






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Muros

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de acero separan la frontera entre  México y Estados Unidos
de hormigón se construyen entre Israel y Palestina
inmensos de piedra guarecían a las ciudades antiguas
de hambre y de alambre en Ceuta y Mellila
electrificados aíslan los countries, barrios privados
cotidianos de vergüenza indiferencia
de silencio y olvido
de prejuicio en la calle, muro de clase
del miedo que siente el privilegiado
frente a aquellos a expensas de los cuales disfruta sus privilegios

concebidos siempre para separar
propiedades
países
personas

a cualquier hora, mientras viajas al trabajo por ejemplo
mientras comes dormís te abrigas o le pones azúcar al café
somos muchos los que intentamos
saltarlos atravesarlos cruzarlos derribarlos
no nos importa el peligro que corremos al hacerlo / o sí

y cuando algunos / muchos mueren
morimos en el intento
el acoso de la vergüenza, indignación e hipocresía
por internet radio diarios y tv:
apocalípticos y prestidigitadores del futuro
santurrones burocráticos a la orden del día
– ...que es lógico que la gente huya de la miseria
– ...que algo tenemos que hacer
– ...que lo hacen porque no tienen nada que perder
– ...que hay que buscar culpables
– ...que etcéteras humanitarios y xenófobos

pero cada vez más / muros se construyen
desesperados rondamos en torno suyos
esperamos una oportunidad para saltarlos atravesarlos cruzarlos
derribarlos / muros de clase
no nos importa morir en el intento / o sí
a cualquier hora, mientras viajas al trabajo por ejemplo,
mientras comes dormís te abrigas o le pones azúcar al café

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federico iglesias

glosario (César Vallejo)

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piafa el ascua vesperal
sobre las jarcias de azogue
la zarza que gualdrapa oteros
empoza gualdas de ópalos
greyes, arias y celajes
novedad ninguna
en tanto el ala de la manivela
vestida de curare y cilicio
dispuesta a levantar vuelo
nariz clavada en el marco
escancia Hespérides la mitra
boga al grito del remo
sin la llave que la enjaula
gira de comienzo hasta dónde
drena el sueño de noche

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federico iglesias

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espera el tren


una nube digo
solidarizándose conmigo
el cielo un frasquito
una garúa imperceptible
una mañana cambalache
paisajismos fisiológicos afuera
tenemos venas abiertas
como el tendido de la red ferroviaria
telaraña embudo para el saqueo
como las doce horas arriba del taxi
pedazos, fragmentos de una dispersión
un viento en la vereda
otro en el andén a la mañana
sentado en el suelo válvula de escape
hacia dónde el tren no viene y espero...





federico iglesias




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refugio y trinchera

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tus ojos le dan cabida al horizonte más deseado / al horizonte menos pensado
refugio y trinchera de una vida que quiere ser otra
un embrujo que nos atrapa, un poema que te nombra sin decir tu nombre
un terreno conocido a medias, vislumbrado una mujer que me sacude
como el estremecimiento que sacude al nervio que tensa un músculo
como tu mirada que me desnuda de todas mis carencias
como un recuerdo atesorado en lo imborrable de la memoria
como ese abrazo en la esquina de Ambroseti y Aranguren, energía en comunión
como una semana en vuelo de paracaídas
pero en vuelo hacia arriba, y la ley de gravedad que nos impone
un límite, un hasta acá, una esperanza, el tiempo está de nuestro lado
¿no es acaso el efecto físico de las palabras síntoma de un estado de excepcionalidad?
excepcionalidad permanente desde aquel abrazo quimérico
¿qué conjuro del destino nos cruzó en el aula de una universidad?
¿de qué fluido enigmático está hecho el tono de tu cadencia mediterránea?

con la sinceridad puesta al servicio del espíritu escribo
en el insomnio de tu ausencia
con la certeza de que esta tinta corrió antes por mis venas
en una continuación de mi cuerpo que te busca, que te extraña
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dic 2007

federico iglesias

Los Ustedes

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¿Quién de ustedes dijo que el pasado queda para atrás, eh?, usted o Usted?, uno de los dos dijo “que el pasado queda para atrás”, vamos a ver, usted, no Usted no, usted venga, ¿para dónde queda el pasado?, mejor cállese usted. ¿Por qué el pasado quedaría para atrás, y aún un por qué antes todavía, atrás de qué, atrás del tiempo o atrás en la espalda, en el rabo...? En la parte de atrás de la casa hay un patio para ir afuera no al pasado, en la parte de atrás del colectivo están los cinco asientos en fila, atrás mío hay una pared que no da al pasado sino a una habitación. Pero uno de ustedes dijo “que el pasado queda para atrás”, muy bien, a ver Usted, deme un ejemplo. Usted se puso de pié y miró para atrás, se masajeó la nuca y contó que los negros habían venido todos amasijados en las bodegas de los buques negreros, que venían a trabajar a las plantaciones y a las minas, contó que eso había sido hace mucho tiempo atrás. Usted cállese, lo interrumpí, no nos dé clases de historia. ¿Mucho tiempo atrás de qué, Usted?, fíjese Usted atrás de ese baúl, o atrás de la heladera de la cocina a ver si encuentra algún buque negrero colmado de escorbuto, fíjese Usted cuántas toneladas de algodón cosecharon hoy los negros en sus dieciocho horas de trabajo, fíjese Usted atrás de la biblioteca. Dése cuenta mi querido Usted que el pasado de quedar para algún lado, queda todo para adelante, Usted y yo tenemos todo el pasado por delante. ¿Ahora es usted el que no comprende?, bien. Recién Usted nos dio un ejemplo de un supuesto pasado que quedaba atrás; dónde estaba usted cuando Usted nos habló de los negros y todo eso?, usted estaría distraído y por eso ahora dice que no comprende, pídale a Usted que le explique de nuevo porque yo no tengo ganas, no sé si Usted querrá. Usted también se negó porque dijo que usted no comprendía porque no quería. Usted encendió un cigarrillo y me convidó uno. No gracias Usted, no fumo.


federico iglesias

Historia

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al final de esta historia se oyen murmullos
sombras aplastadas en el barro del olvido
esperan la noche del eclipse para arrancarse
la ropa pestilente que soportan
bajo un diluvio de siglos de rejas de agua
a través de un velo húmedo respiro letras
fluir excitante de vocales y consonantes
remonto los años o barriletes de una era imaginaria
guardo la mirada en un retazo del cielo y veo duendes,
caras infinitas y gatos al acecho
el aire se bifurca, soy una moneda con la seca mojada
¿me queda algo de carne y hueso?
conejos en las islas Canarias del siglo XIV
ironías de un pasado perpetuo
bodegas colmadas de carne humana
enfrentadas al espejo de la historia
escorbuto y somníferos enlatados
me arrodillo y me amputo las manos
peces derramados navegan alfombras de musgo
placeres de vidrio
una gota que no cae la luna pasea en camisón
cortejada por una tropa de caballeros malditos
nauseas hermosas
nada de lo que digo se escucha afuera
palabras de hielo en el horno de la indiferencia
soy un monje con la túnica infectada
el letargo mece la cuna de espinas que lacera al niño dormido
y el cobarde sentado en su sillón mira el atardecer
insectos en el crepúsculo
se aferra al mástil de impunidad que lo separa
de la tumba muda, invisible, que espera hambrienta
creo estar en la bisagra del mundo, lo comprendo,
pero como no se explicarme sin palabras paganas, querría callar...


federico iglesias


Arcada verbal

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no cabe en el cuerpo esta arcada verbal
que con epicentro de estómago rompe
agrieta arterias vetas venas
corroe sangre torrente por debajo
acá las vísceras sísmicas son un relieve ineludible
una aguja en la encía
una puñalada en la conciencia que te asalta y viola
cuya función es romper en el otro para que duela
o sea, mirada clavada en tus espejos oculares de pasado espeso
pesan en total un puñado de clavos en los ojos
quieras o no el dolor duele
puesto que los viceversa del espejo
aparecen en nuestros órganos cómo interrogantes fisiológicos
que conjurados extreman broncas y dolores a punto de estallar
después el eco rebota en las paredes, único testigo
una aberración de esfericidad cromática
acrobática, narcótica, un arco iris cáustico
florescencias e interferencias
pero no, no me cabe en el cuerpo
pelo el escudo y ahí voy
sin más rodeos que dos o tres manías incurables (que no vienen al caso)
pedaleo la garganta y la cadena engrasada gira al compás, trago saliva
en la tumba no hay lugar para traiciones,
mi cuerpo semeja una figura tallada en parte
embutida de brazos extendidos
un contorno que un abrazo por la espalda intenta delinear
al cuello un collar de cuentas pendientes hace juego con un par de aros truncos
así te soy a la hora en la que mis oídos lúbricos entran en erupción
cuando me invade esta memoria involuntaria o
una caja de zapatos llena de diapositivas
en la que repito que te soy oídos tapados y ojos cerrados al vacío
ahora me cuesta girar la cabeza para el costado
las sienes ya son miles y así sucesivamente


federico iglesias
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miserere


"Ah, de miserable en sublime la plaza. Alucinada es.
Porque la plaza produce desvaríos."
Diamela Eltit, Lumpérica


quién era antes de la Plaza
antes de las dos cuadras y media
y entrar a mear a ese bar de Once
donde permiso por favor, al fondo
el neón arranca la noche de lugar
antes de doblar la última esquina
quién salió
rumbo conocido de memoria,
para no perder la costumbre

enfrente, desde los orines del bar
plaza Miserere o sus luces gastadas
oscura casi a propósito, no se ve
los puestos de panchos y gaseosas
su gente que la atraviesa con indiferencia
rutina de subirse al tren para volver
o viceversa, que es lo mismo pero al revés

y antes de eso la Plaza digo,
no tan oscura como parece a simple vista
debajo de los árboles, uno, dos tres, pibes
rendidos a un viaje de poxirrán
debajo de los faroles una, dos, tres, mujeres
del caribe en venta su sexo por veinte pesos
debajo de los carteles, uno, dos, tres
policías de civil palpan, revisan
debajo de un toldo, un borracho que duerme
y más debajo aún
las seis horas del subte A, las vías electrificadas

quién era antes de ingresar a esta Plaza
cuando camino por Rivadavia,
quién mueve mis piernas de memoria
en las letras que tuve y tengo a mano
la Plaza esta donde siempre y mis pasos se orientan hacia allá
cada uno por su lado, pero juntos
avanzan la verda sin importarles quién era antes de la Plaza.




federico iglesias


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Fuga

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Un Tramontina tajea al fuelle en medio del suspiro
Y las patas de araña vuelven a clavarse en el estómago
Casi no hace falta detenerse en los detalles
Éstos hablan por sí solos en su encadenamiento lógico
Hay ramas como hélices detenidas en el aire
Entre un bolo alimenticio de biscochitos Don Satur.
Aquí lo substancial radica en él o los por qué
Hacia atrás en busca de similitudes escondidas
En el olvido de los días que pasaron
Sus huellas en las paredes de la casa o el piso
O pasto mojado de una lluvia de hace toda la tarde
Una serie de nubes que copó el cielo en un abrir y cerrar de ojos
Ahora las tengo encima y no paran de mojar
Todo lo que encuentran a su paso de gotas frenéticas
Cantidad de tiempo en que se dilata
Desde donde uno puede verla o no según la ubicación exacta
De uno y la gota a la vez: desde aquí son uno, dos tres, cua... ya está.
Después vienen las sucesivas en el tiempo
Que ha de seguir al momento en que caen
Sobre la telaraña de humo tendida adicta a lo largo de un día más.
También el Tramontina al costado del plato y en la otra mano el tenedor
Son dieciocho las patas de araña que ahora clavan
Y desclavan a ritmo punzante.
Erguida de truenos y relámpagos en forma de arterias eléctricas
Apuntándome al pecho mientras miro por la ventana
La fuga regresa en busca del paraguas
Prepara esa pasta de goma o jalea plástica que dilata cada acción
En un reflujo permanente de ganas de partir.
Es que los ejercicios de conciencia a veces duelen y otras dan calambres.
Algo que se rompió en alguna parte pero dónde, cómo.
Ajeno a esa mirada entretenida en vaya uno a saber qué

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federico iglesias

Nada que festejar

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el puente que falta viene a buscarme
al cordón de la vereda
cinco siglos repetido
desde el espíritu de cruzada
la pericia técnica, ultramar
artillería naval —¿te suena?—

un vasto océano circundante
según Hiparco, Eratóstenes, o Estrabón
y las referencias bíblicas, leyendas
o relatos de viajeros
pero la exactitud operatoria de los portulanos
sólo era admisible para travesías
orientándose en las estrellas

el puente que falta viene a buscarme
con su astrolabio a cuestas
en la cubierta de un barco balanceándose
menos marinero y menos barloventeante
que los Juncos de China
(las Galeras ganaron la batalla de Lepanto)
con castillos de combate salientes
a proa y a popa faena bélica
el fuego por los costados
refuerza la acción de los arcabuceros
y comerciantes

con el Mapamundi en el corazón
“creía el Almirante
que estaba muy cerca de la Fuente,
y que Nuestro Señor le había de mostrar
donde nace el oro y fluyen riquezas
en cascadas auríferas”
amén / sabios indignos de fe
arrodillándose un Continente
saquean


federico iglesias
octubre 2002
.

I

.

su nombre va detrás del sonido:
cuando pronuncio la a de
arrancado a mi estómago de un tirón
me despego de sus dedos sudorosos
y la dejo sobre el cenicero / humea
antes que la invada una apagación de silencio
como el eco de su nombre acá nomás
parece meditar una tregua
(pero y aunque)
apunta su sed de pólvora y me tienta
tanto que me cuesta escribir
“escribir cuesta me que tanto”
así durante un rato / mas daca que toma
tironeo, tironeo, tironeo, tironeo
hasta que tironeo pierde
sentido y se vacía
puertas afuera de la palabra “después”
las balas se acaban / sobre la mesa queda
solo un susurro de garúa persistente
después que me cuelgo de no sé y des-espero.
imposibles de apagarse, dos ojos
y una duda péndula dura poco
levanta la cabeza, balbucea y baldosas flojas
se cruzan van y vienen
a tener en cuenta por ejemplo
no solo los ojos
en susurros de bicicleta a media noche
cuando el paso que viene por la vereda
la ventana enmudece
un cachito mas abajo, ese farol
proyecta sus sombras sobre
la pared que lo contiene
ayer una sombra y anteayer
otra / los ayeres sombríos forman un túnel
al costado de la noche, la entrada
custodiada por dos buhos
ante el paso de una procesión y sobre los hombros
las trompetas vacías,
transeúntes a paso de tijera / nubes con manchas de té

días charcos / aunque duerma hermosa como siempre
que su calor inunda
la almohada digamos por el cuello


federico iglesias
.

Otoño

.
con
el
peso
de
dos
kilos
de
hojas
secas
en
la
frente
miro
el
suelo
.




federico iglesias




Poemas de Marcos Peña*

.
tu cáscara, y no sos fruta, entonces debajo qué
tanta la bronca que late, y tu cáscara
y ese auto de lujo de mierda de lujo
algodonado por los privilegios de una clase
explotadora estalla la miseria, allá está o acá
y tu cáscara de metal o blindada por qué no
polarizado tu cerebro de vidrio, de blindex
y tu cáscara de mujer al costado, de modelo
económico neoliberal y lo de neo no es más que
un eufemismo entre tus cejas de cáscara arrugada
calva y rasurada las mejillas de tu cáscara
cara, de tu poco valor



(...)


quién sabe, si otro camión
dejara atrás varios al costado
de una ruta, quién sabe si otra
banquina, acarreará sus trapitos
y se mandará mudar, anda a saber
dónde, suele vérselas en verano
banquinas locas, de un camión
que dejó atrás varios al costado
de una ruta, ovarios al costado de
la ruta, como si la ruta fuese
un dios griego pero patas arriba
de la mesa escribo


* Marcos Peña se sentía mal. El estómago. Único miembro del cuerpo que se hace mala sangre por todo. No aceptó, motivos tenía como úlceras, el anteúltimo vaso de Mariposa, menos aún el último. Después tenía que dormir si el placard se quedaba quieto y dejaba de girar alrededor de la cama. El estómago digo, sobre la cama de Marcos Peña que se sentía mal. El Cordobés le dijo que no tomara ese anteúltimo vaso de Mariposa porque toda mariposa antes fue oruga y vi una oruga mirándome, decía. Al Cordobés le gustaba mezclar partes de canciones entre las oraciones de una charla entre amigos, pero no sé por qué el estómago del Cordobés no se hacía mala sangre por uno o dos vasos más de Mariposa. Marcos Peña también cordobés, pero de estómago otro, sintiéndose mal escribió estos renglones.



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federico iglesias

Bisagra

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“tinta sobre papel”



a esta hora las horas duermen y una heladera
hiela el encierro de un cubito
con ánimo de julio sin bufanda despunta otra madrugada de
pasajeros noctámbulos, rumores de un día que descansa sobre otro
éste que asoma dentro de un rato
cuando las sombras de las luces de mercurio
se replieguen atemorizadas
por miedo a desaparecer para siempre

a esta hora digo, uno tiene la sensación (o lo que queda de ella)
de que el tiempo no transcurre
se escurre por alguna canilla que gotea
ajeno al reloj despertador, a sus cinco pesos en la vereda de Retiro,
a su tiranía de agujas de extremos fosforescentes
tic-tac, tic-tac,
bisagra del espíritu insomne,
tic-tac, tic-tac,
insomnio del espíritu bisagra
habitáculo al cubito de hielo encerrado
y el cansancio a la deriva no encuentra lugar en el cuerpo
(o espalda jornada laboral)
al acecho fuma fatiga, a los tumbos danza mudo
alrededor de una cama vacía,
sábanas revueltas, enredadas a tu ausencia
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federico iglesias
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espiral toda la noche

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el reloj marca las 6:27 de un día ventilador
y espiral toda la noche, pero ya lo último
porque las cenizas ahora forman otro
espiral gris sobre un plato de loza

ahí nomás el ventilador digo / gira
parecido a un hélice que se brisa de vientito
pero afuera, quizás trece o catorce minutos
antes todavía, el patio teñido de azul aplasta
las bicicletas contra el blanco del paredón
sin que a la ventana le importe siquiera en sus marcos

el patio todavía de noche afuera,
constelado bajo
el cielo como hacía toda la noche. 
Y la habitación
ventana y todo, de lamparita encendida, perdón
las seis y veintisiete son apenas unos minutos
en puñados, como cuchillos de tiempo
clavados en la pared cada sesenta segundos

y ni noticias, oriente no asoma detrás
del paredón blanco del patio, tampoco
en el kiosco de diarios habían apagado
los tubos y las luces de la avenida lucían en fila
como hacía toda la noche. La habitación digo

negándose el día, indiferente, la ventana digo
no es ajena a ese patio dentro de unas horas
cuando el calor de la siesta
pero el reloj marca las 6:27 y oriente no asoma
detrás del paredón blanco del patio, un perro
con ladrido de estrellas en el hocico.





federico iglesias



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Inercia

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con el oído de reojo si querés
a fuerza de adivinar una causa o sucesión de
establecer conexiones por fuera del marco habitual
del hábito que hace al monje cotidiano
o el lazo del hábito ciñéndole la cintura y sobre el pecho un crucifijo de madera
o sino el diario bajo el brazo en el anden, cuota de día
o mejor aún abierto de par en par en todos los asientos el mismo
desconfío de la inercia y las repeticiones
sus consecuencias en los raspones de rodilla de agujeros en el pantalón,
y la vergüenza propia de quien comete una estupidez
vuelta al vagón el monje cotidiano y un paraguas parte aguas
como el vagón fantasma que se forma paralelo reflejado
en los vidrios de la ventana por efecto de la luz
desconfío de la óptica y los boticarios cura desgarros
abona un peso nada más.
– Con el debido respeto que me merece su condición de proletario–
(y apelando a ella si usted quiere)
– los carteles, señor Guarda–
– leyó ese cartelito rojo de allá contra el vidrio de la puerta–
– lo felicito yo también lo leí señor Guarda–
entonces no me disgregue estas líneas
guarde este diálogo señor Guarda
píquelo si quiere dos veces
pero no me lo devuelva porque ya no me pertenece
se me acusa de intuición, pero a penas
soy un hoplita de la desconfianza que viaja en tren desde hace mucho
y este mucho estírelo el lector hasta dónde le lleguen los recuerdos de la niñez
después multiplique por un tren cada quince minutos y saque la cuenta
la infantería hoplita contaba con falanges de varios centenares de hombres
cuerpo a cuerpo
cuya esencia era el movimiento en formación
compactados cual monjes cotidianos en hora pico.
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federico iglesias
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efeméride K

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el pingüino bravucón se asoma
al Balcón, ó Histórico Balcón,
ve la Plaza, ó Histórica Plaza
vacía y vallada y sonríe
pero es nostalgia, dice
y decide quedarse en el Balcón
el palmípedo bonapartista
mira hacia ambos lados a la vez
las palomas arremolinadas en un maíz
el cincuenta que dobla por Reconquista
así decreta un feriado por ejemplo
entonces grita y se enardece
se le desacomoda el saco y
encima cae viernes
la industria de las aves migratorias
y un ciclo económico favorable
se lo ve feliz
en las fotos de los diarios
o la tele lo festeja
y critican los gorilas de su misma
vereda en otras jaulas
algunos “imberbes” de la Plaza también
no por cuestiones ideológicas
sino cosméticas, el modelo
cambia de nombre y a lo sumo de gerente
respira tranquilo
más allá de una tos, un espasmo
a su ala izquierda o derecha
no las usa para volar, no vuela
y su bandada demagogia lo agranda
lo infla, lo ensancha, lo tambalea
el montón de miseria que lo sostiene
allá arriba, cerca del General
el pingüino Rosa no sólo por su Casa
sino por su pasado teñido, o el de otros
a quienes infama con efemérides
decretadas un día que se levantó
con el pie izquierdo y la sonrisa de su Dama
de compañía / Petrolera.


Marzo 06
federico iglesias
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No caen tan lejos

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tenso los dedos y una descarga cerrada
refusila sin cuartel
¿para qué habrá luna hoy a la noche en Bagdad?
las manos se tensan, no puedo moverlas
¿y si mañana no amanece?
sentémonos a la mesa
inmóviles en un zafarrancho hediondo
hoy en la noche de Bagdad
a la hora de la cena
acá nomás, el asedio
detrás de una cortina de humo
el televisor es una boca de fuego
irrealidad de pantalla
implacable
absurdo, el humo es real
nauseabundo, el fuego arde
humo y fuego de carne y hueso
no caen tan lejos
tres mil misiles
en cuarenta y ocho horas
y acá nomás
me dan asco
las genuflexiones periodísticas
de cara al asco
las reverencias ante la superioridad
de una máquina de muerte
tres mil misiles
en cuarenta y ocho horas
que cotiza en bolsa
como el petróleo
¿escuchás?
no caen tan lejos
y si tu almohada no te deja dormir
tomá un cachito de silencio
escuchá, no caen tan lejos

23 de marzo de 2003
federico iglesias
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farol

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fuera del ritual de las Letras, la f parece un farol
a la hora en la que los para qué forman un cerco
circunferencia o cuadrilátero da igual / ¿o no?
una batalla entrañas adentro, debajo del montón de huesos
el estómago con las riendas de mi cerebro
donde la batalla y sus trincheras,
y a los hombros la mochila, misma hecha otra sobre
los hombros mismos hechos no otros pero sí otros
los para qué parapetados para qué
escribir a esta hora y dónde sino
no sobre la mesa de un bar / menos contra la ventana
no, en el tren sí
¿y acá?
fuera del ritual de las Letras, la f parece un farol
con cierta familiaridad negativa alumbra
menos un fondo que un límite extremo
el estilo está más allá de su haz de luz
imágenes, elocución, léxico
nacen del pasado y del cuerpo de ese farol f
lenguaje autárquico / hundido en la mitología personal
la dimensión vertical y solitaria del pensamiento
veinte minutos más tarde inquieto el corazón
de ojos nublados como cielos de marzo
que abren paso en el inconsciente
a la f del farol, o su sombra en la pared

noes continuos aniquilan cualquier tipo de nihilismo
aquí y ahora: las agujas mandan
las puertas de la noche cerradas



federico iglesias
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a Dario y Maxi

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“yo quiero un ejército de locos
que me saque de la tumba.”


la vereda cotidiana camina la cuadra,
olor a municipalidad en la calle
los cordones pintados de blanco por un Plan Trabajar.
el barrio municipal,
alumbrado barrido y limpieza,
que se barre a oscuras,
y el tren de asientos de barro
y ventanillas de nubes violetas
en el viaje de vuelta,
son la llama azul del invierno crepitante,
por el tubo de la indiferencia a largo plazo.
violencia lenta
hambre de rapiña cotidiana
y rebeldía de acróbata en el panal
frascos de plomo en el “pogo del payaso asesino”
la represión cotiza en bolsa
de basura revuelta
las tasas de desinterés bajan
a niveles de rebelión,
empleo pleno de asambleas
títulos públicos y letras de cambio,
nadie no existe porque todos nunca es uno
pagar para pasar
el peso de un preso en huelga de hambre
la policía es el peaje que se paga
para comprar libertad en un Barrio Privado
que priva su alrededor
felicidad feudal en la Corte
arriesgar la vida no es tirar balazos
sino recibirlos
al que quiera querer lo que quiera
ser en vez de ser nadie sin querer.
un malabar de rutina
una bala va a matar el mar
disparos a las olas
que acaban por romper y regar
la arena de berberechos para el arroz
de la noche
impunocracia de mercado
un piedrazo en la boca
justo cuando termina de hablar
saboreo la violencia de las palabras
entre el absurdo de un abanico
de autopistas recortadas grises
me abre una urbanidad de pájaros
asomados a su segunda infancia
rompen jaulas de abecedarios

dice Marx:
nada peor que un burgués acorralado,
y un oficial de la bonaerense lo corrobora a muerte,
pasa una sirena policial que grita mano dura
mientras el barrio se encierra en la noche
entre rejas de miedo.
dialéctica incorruptible,
empujo palabras de piedra
y piedrazos y palos entre el humo
que fuma una cubierta.
va la palabra en torrente sanguíneo
carnal de hueso
suena un bandoneón de vino tinto
no quiero una vida de control remoto
y no puedo callar el piedrazo
que amasa el pan
de la poesía piquetera.

26 de junio de 2002
federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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