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a Dario y Maxi

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“yo quiero un ejército de locos
que me saque de la tumba.”


la vereda cotidiana camina la cuadra,
olor a municipalidad en la calle
los cordones pintados de blanco por un Plan Trabajar.
el barrio municipal,
alumbrado barrido y limpieza,
que se barre a oscuras,
y el tren de asientos de barro
y ventanillas de nubes violetas
en el viaje de vuelta,
son la llama azul del invierno crepitante,
por el tubo de la indiferencia a largo plazo.
violencia lenta
hambre de rapiña cotidiana
y rebeldía de acróbata en el panal
frascos de plomo en el “pogo del payaso asesino”
la represión cotiza en bolsa
de basura revuelta
las tasas de desinterés bajan
a niveles de rebelión,
empleo pleno de asambleas
títulos públicos y letras de cambio,
nadie no existe porque todos nunca es uno
pagar para pasar
el peso de un preso en huelga de hambre
la policía es el peaje que se paga
para comprar libertad en un Barrio Privado
que priva su alrededor
felicidad feudal en la Corte
arriesgar la vida no es tirar balazos
sino recibirlos
al que quiera querer lo que quiera
ser en vez de ser nadie sin querer.
un malabar de rutina
una bala va a matar el mar
disparos a las olas
que acaban por romper y regar
la arena de berberechos para el arroz
de la noche
impunocracia de mercado
un piedrazo en la boca
justo cuando termina de hablar
saboreo la violencia de las palabras
entre el absurdo de un abanico
de autopistas recortadas grises
me abre una urbanidad de pájaros
asomados a su segunda infancia
rompen jaulas de abecedarios

dice Marx:
nada peor que un burgués acorralado,
y un oficial de la bonaerense lo corrobora a muerte,
pasa una sirena policial que grita mano dura
mientras el barrio se encierra en la noche
entre rejas de miedo.
dialéctica incorruptible,
empujo palabras de piedra
y piedrazos y palos entre el humo
que fuma una cubierta.
va la palabra en torrente sanguíneo
carnal de hueso
suena un bandoneón de vino tinto
no quiero una vida de control remoto
y no puedo callar el piedrazo
que amasa el pan
de la poesía piquetera.

26 de junio de 2002
federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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