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trabajo

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está el trabajo, la base de esto
múnera o no, como salga o no
negro, informal, a destajo, esclavo
y sin embargo el trabajo siempre

el encierro precipitado, fuga autómata
dónde anida la insatisfacción?
de los muertos que cuesta un papel
trabaja si, si compañero, si sí, seguro

así dice del trabajo el burócrata
un telón de agua, fondo gris
ésto es trabajo aquello no, dice
reglamentarialisticamente hablando

para qué quiero patrón, quien te oiga
ausencia de mármol, no es acá ni allá
pedregoso y monosílabo, aplausos
semejante burócrata de habla discurso

muro delante, ansiedad traducida
un lamento de sartén por el mango
perros y sirenas, paisaje acústico
de los mundos que te rodean

más que asco da que sean así:
pilcha de lujo ansias de plebe, y mejor
así es más fácil tenerlos cortitos
factor de poder el gordo / tras las rejas


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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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