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sueño de agua


ritual cotidiano de guardar el día
desplegar el canotaje onírico
remontar la canoa hasta el colchón
revisar los remos y desatar la almohada
dos cielos rondan el río
de lanchas y botes y camalotes
remo en mano, doméstico y nocturno
otra noche de algún día
un río en una pecera o un pájaro de agua
no alcanza siquiera a desplegar un ala
o remo dentro de un sueño
en el barullo de la noche, una canilla
ahora mismo se parece a una frente dormida
la cama se hunde húmeda, le crecen rejas
a los costados algunas horas después
una mirada ahogada de náufrago preso
en los arpegios de un violín
que clava en la lluvia y apunta al cielo 




federico iglesias





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impresión difusa


quedan huellas, siempre pasa
a la espera de tu azar
en una esquina sino empieza
el principio que no viene

de dónde sino viene a ser
sinónimo de destino, un juego
de palabras a la búsqueda
misma y perseverante

noche de los pasos, y una vereda
nunca es una
incertidumbre que se aleja
de estos ojos adivinados y hermosos

ese mirar adentrado y azabache
te dice un mundo y el color
de la luz a través de un prisma
que se abre haciendo grieta y avanza



federico iglesias




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la tarde gotea campanazos

y escribo
al término de una jornada       elástica
donde ayer
se volcó el mate.

(no obstante la vereda
baldosas de obstáculos
la locura es un atajo a la verdad)

no hay más remedio que
detenerme
antes de cruzar la calle
el semáforo no perdona
cada coche que pasa
es un deje de avenida
embotellada, le digo al pibe
del secador cargado

por atrás de la tarde
el día se quema

meto
la nariz
entre las brasas,          huelo
el fuego de mi nariz
quemándose

un derrumbe, bombas
en batalla al silencio

tus ojos arden futuro en pañales
en él
umbral-de-un-parto-hacia-los-tres
en el atajo vereda verde de vos
tres piedrazos
en busca de
parirse el fuego

cuenta la vida
una vez
dos miradas se encontraron
la madrugada
de la
jornada            elástica
en la que
un rayo de
aguayo                        me envolvió
telas de viajar y buscar
amor,

(el mar se detuvo un ratito)
y un camión que pasó cerca
convirtió
una vereda nocturna en una
banquina de encuentros

enciendo un pucho
de cigarro            y el encendedor
me convida un fogonazo
de bandoneones al ataque

¿cuánto vale un boleto de colectivo?
ochenta centavos una orquesta

de ceniza humea
arriba de la mesa

en diagonal a mi saco
que llevo
puesto hay un chaleco antibalas
que lleva puesto
a un policía federal

—¿escucha los bandoneones?
le pregunto

me responde
su bigote reglamentario
humea una orquesta
de sirenas a balazos

—¿escucha los bandoneones?
le pregunto

pasa el auto
de la vecina custodiado
por el
vigilancia
mientras mi perro
muerde sueños
con los ojos
entreabiertos
el rumor del barullo
urbano                pasea en viento

un saco de lana y un
chaleco antibalas
cruzan
la vereda,        pisan
baldosas de ruido
trancos longitudinales
latitud sonora
a martillazos
y tu panza
nueve meses
al sol entre pájaros

pasa un camión
de ruido despacio
por  la calle de tierra
fértil y piedras y pozos
y zanjas
que la custodian
a la noche dentro
de la casa
la cuna
en el dormitorio
espera
la panza          

            el aumento
de la carne y el precio
de la leche posan
su materialidad cotidiana
en los pasillos de la maternidad

arriba de un rato
espero
una luz del semáforo

para saltar

desde el acantilado
a la senda peatonal

a los seis años
una camioneta
me atropella
la infancia
y me postiza
los dientes.




federico iglesias
otoño 2002









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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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