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—son esos garrones buenos que mi Paredro entiende cuando le enseño una conducta caracterizada por unos actos que por momentos no escapan a la voluntad pero lo intentan, ahí está mi Paredro para atajarlos, sabio de la irregularidad de aquello que nos rodea sin darnos cuenta, mi Paredro como la pulga detrás de la oreja, por momentos estoico a veces excéntrico, que me brota sin acepción vegetal sino todo lo contrario, es decir no corpóreo, a no confundir el sustantivo con su relación, que ahí está mi Paredro para encender una vela cuando se corta la luz, quién sino mi Paredro leyó un esténcil en una columna rosarina y ahí me di cuenta que ya estaba, esa frase marcaba un antes y un después, sin embargo mi Paredro odia moralizar, más bien odia la moralina como quién detesta el exceso de azúcar en un café, una frase no es nada sin que mi Paredro la signifique como tal, le otorgue esa tercera dimensión que la cotidianeidad nos niega o nos olvida, cuando nos encontramos puedo percibir ese dejo de instantaneidad permanente que adquieren las cosas, una instantaneidad que sucede todo el tiempo, falso dice mi Paredro, eso me habla de que se esconde bajo este teclado, me agarra los dedos y los hace danzar sobre un mosaico de letras en cuadraditos, vaya que tiene puntería mi Paredro, sino acaso en lo que significa por lo menos en su destreza que no es técnica porque él no es, lo aclaro de nuevo porque una aclaración vale más que mil palabras, y quién sino mi Paredro puede hacer que piense en él, que lo conciba de alguna manera, heredado pero hallado al fin, también hijo de un mosaico desarmado, pero no de armas que éstas no le faltan, sino cuenten las páginas, hurguen en la vida cotidiana de las personas a ver que encuentran, tarea que le encomiendo a mi Paredro que desde ya hace con gusto, pero si él no es sino es acto, ahí está mi Paredro, por momentos estoico a veces excéntrico
federico iglesias
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