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Paredro I


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—son esos garrones buenos que mi Paredro entiende cuando le enseño una conducta caracterizada por unos actos que por momentos no escapan a la voluntad pero lo intentan, ahí está mi Paredro para atajarlos, sabio de la irregularidad de aquello que nos rodea sin darnos cuenta, mi Paredro como la pulga detrás de la oreja, por momentos estoico a veces excéntrico, que me brota sin acepción vegetal sino todo lo contrario, es decir no corpóreo, a no confundir el sustantivo con su relación, que ahí está mi Paredro para encender una vela cuando se corta la luz, quién sino mi Paredro leyó un esténcil en una columna rosarina y ahí me di cuenta que ya estaba, esa frase marcaba un antes y un después, sin embargo mi Paredro odia moralizar, más bien odia la moralina como quién detesta el exceso de azúcar en un café, una frase no es nada sin que mi Paredro la signifique como tal, le otorgue esa tercera dimensión que la cotidianeidad nos niega o nos olvida, cuando nos encontramos puedo percibir ese dejo de instantaneidad permanente que adquieren las cosas, una instantaneidad que sucede todo el tiempo, falso dice mi Paredro, eso me habla de que se esconde bajo este teclado, me agarra los dedos y los hace danzar sobre un mosaico de letras en cuadraditos, vaya que tiene puntería mi Paredro, sino acaso en lo que significa por lo menos en su destreza que no es técnica porque él no es, lo aclaro de nuevo porque una aclaración vale más que mil palabras, y quién sino mi Paredro puede hacer que piense en él, que lo conciba de alguna manera, heredado pero hallado al fin, también hijo de un mosaico desarmado, pero no de armas que éstas no le faltan, sino cuenten las páginas, hurguen en la vida cotidiana de las personas a ver que encuentran, tarea que le encomiendo a mi Paredro que desde ya hace con gusto, pero si él no es sino es acto, ahí está mi Paredro, por momentos estoico a veces excéntrico




federico iglesias

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Conducta

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Presa de una fantasía: esferas
laberintos de ligustro bajo el agua
toma del pico y avanza
Pero nadie se va del mundo así
sin una muerte que lo acompañe
hasta el asiento de partida.
Lindo quilombo en el que te metés
con eso del mundo y las esferas
no importa
Camisa de veinte varas,
discusiones seculares que amontonan
tomos y polvo en tapas gastadas.
Acepta la fantasía o degenera
imposibilidad del actuar
en cuanto membrana anti-sentidos
o nube confusa obtusa pétrea rígida
inmadura y siguen las firmas.
Una vez, un recuerdo:
espejos oculares de pasado espeso
y estas letras vendrán a la postre
como ese tren que pasa siempre
más o menos a la misma hora.
Y dale con la imagen ferroviaria
espejismos de ese páramo que no es Pedro
una estación vacía, un otoño sin ocres.
Ahora te pido que te levantes
des cinco o seis pasos hasta el baño
y te detengas frente al lavatorio
la mirada al frente es decir hacia adentro
no, no las manos dejálas quietas
con preferencia en los bolsillos.
Bien, así, ahí está.
Ahora quedáte un rato así parado
en lo posible sin parpadear
fijos los ojos en ellos mismos
respirá con normalidad
sin impostar un ritmo acompasado
eso es, así.
Había tomado este hábito
que se figura en fugas
sucesivas fugas de lugares
que a un impulso dejaban de serlo
ya no entendía nada, entonces tiene que parar.
Putea sin razones al silencio asesinado
inclinaciones más afectas al drama que a la acción
vuelve a la mesa enciende un cigarro se sienta a fumar.

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federico iglesias
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una historia dicen que narra


un encadenamiento acabado
a los hechos, lógico y métrico
afirmación decimonónica
ajustarse a lo que ocurrió
hacia allá vamos, humanidad
esto que pasó así, aquí está
trampa discursiva
esa meretriz del había una vez...
en un principio fue la luz
energía condensada
explosión sideral
el hombre de barro
y su costilla desnuda
una célula
el oxigeno necesario
un mono que rompe un hueso
y su pulgar opuesto
arroja al aire y cae
diez mil años después:
el fuego quema
el agua moja
el aire es aire
la tierra ergo
se pudre el planeta
y sin embargo vivimos
los que hacen andar eso
que cuenta una historia
o narra su encadenamiento
cotidiano a la máquina
al patrón, a eso que viene
un arado tirado a bueyes
o va desde hace mucho
un barco que son pueblos
como esta ventana mira
y ve la casa de enfrente
los andamios que sostienen
tres albañiles y sus ladrillos
una historia nunca es
sino se construye o
la construyen, o construimos
y una historia nunca es
digo eso que está ahí sino
un diálogo en perspectiva
sublevar en el pasado
ahora y para qué
una trinchera de papel




federico iglesias


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sin embargo...


entre la espada y la pared
la espada
acá ves, a la altura del hígado
eso dije, pero no le convence
y a quién puede convencer
una metáfora repetida
aunque no por eso menos
qué?
me lo dice el tono de su mirada
que sin carecer de luz
mira anticipándose
a las palabras que nos inventan
la pared siente un cuerpo
apretado contra ella
sus cuadros se estremecen
se contraen sus ladrillos
ser inanimado es parte
de su carácter rompe moldes
repetidos, el truco de la galera
aparece una paloma?
y si hay espejos
(cosa que sucede a menudo
en las paredes de una novela
un cuento, un poema)
éstos multiplican la espada
oblicua y perpendicular
entre mi cuerpo y la pared
acá ves, a la altura del hígado



federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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