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una historia dicen que narra


un encadenamiento acabado
a los hechos, lógico y métrico
afirmación decimonónica
ajustarse a lo que ocurrió
hacia allá vamos, humanidad
esto que pasó así, aquí está
trampa discursiva
esa meretriz del había una vez...
en un principio fue la luz
energía condensada
explosión sideral
el hombre de barro
y su costilla desnuda
una célula
el oxigeno necesario
un mono que rompe un hueso
y su pulgar opuesto
arroja al aire y cae
diez mil años después:
el fuego quema
el agua moja
el aire es aire
la tierra ergo
se pudre el planeta
y sin embargo vivimos
los que hacen andar eso
que cuenta una historia
o narra su encadenamiento
cotidiano a la máquina
al patrón, a eso que viene
un arado tirado a bueyes
o va desde hace mucho
un barco que son pueblos
como esta ventana mira
y ve la casa de enfrente
los andamios que sostienen
tres albañiles y sus ladrillos
una historia nunca es
sino se construye o
la construyen, o construimos
y una historia nunca es
digo eso que está ahí sino
un diálogo en perspectiva
sublevar en el pasado
ahora y para qué
una trinchera de papel




federico iglesias


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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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