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Hallazgo fortuito: el Río sin orillas


a Juan J. Saer

una mesa de libros en oferta
a guisa de un vastísimo mar
como ese cielo del Entenado
sugestión persuasiva: una certeza

uno es de acá, pero del Río ni medio
crecimos de espaldas al estuario
a su inhospitalidad histórica
sus masacres y traiciones, sus olvidos

(los compañeros arrojados vivos
desde un avión de la Marina)

antropófagos que nos preceden
aventureros de paso
conquistadores mediocres
contrabandistas y comerciantes
estancieros y militares, todos próceres
tal es la cepa de éstas pampas

(recompensa por las orejas indígenas
miles de hectáreas usurpadas)

ese ganado echado a su suerte
vacas y ovejas para fundar una patria
una extensión de agua barrosa
un puerto que asfixia, una fuga

horizonte circular, paisaje austero
la ruta de la plata, el suelo cotidiano
un tratado imaginario: "El Río sin orillas"
y este hallazgo del azar objetivo


Atlántida, 2009

federico iglesias

Antonin Artaud



lucidez o no

hay una lucidez que nunca
ninguna enfermedad podrá
arrebatarme / la lucidez
que me dicta el sentimiento
de mi vida física y química
psíquica:
hay un mal contra el cual el opio es
irreemplazable: Angustia
la Angustia que hace a los locos
la Angustia que hace a los suicidas
la Angustia que hace a los condenados
la Angustia que corta el cordón umbilical de la vida
tengo derecho
a disponer de mi Angustia
de una angustia que en mí
es tan mortal como las agujas de todas las brújulas del infierno
ninguna ciencia de los hombres
es superior al conocimiento inmediato
que puedo tener de mi ser, pues
soy el único juez de lo que hay en mí

¡convulsiones del cuerpo o el alma
no existe sismógrafo humano
que permita a quien me mire
llegar a una evaluación de mi sufrimiento
más exacta que aquella fulminante de mi espíritu!


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federico iglesias
(sobre texto de A. Artaud)
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Preguntas que no son


ajenidad del mundo que se apodera
ocupa los órganos de choque
dura lo que el vino
una flor tarda en secarse

con lupa de miope vela una noche
de copas y huellas
es decir sangre y otras almas
que pasan por la vereda

dicho entrelíneas al encuentro
de un azar y su destino
a contrapelo del reloj
una caricia embrutecedora

tarda pero llega el verso terco
meticuloso y rumiado
digan que No! alguna vez
si entienden el silencio




federico iglesias


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Atrapado en un frasco


este frasco vacío era de mermelada
de ciruela, y ahí está ahora
frasco de vidrio y etiqueta gastada
vacío y transparente
un frasco se vacía de a poco
amalgama de tiempo y lugar
que unta, sobre todo unta
una tostada, una galleta
una persona se vacía de a poco
ligazón de tiempo y espacio
que vive, sobre todo vive
una decisión, una acción
los distingue la violencia
de sus vacíos o vaciarse
una persona se derrama
de un balazo estalla el frasco
una persona no se vacía
como la mermelada que
unta un pan, sino que
produce y consume su vida
pero dónde se vio una persona
vaciarse yo la vi
acaso eso parecía cuando el cielo
era un frasco sin tapa

y aún queda un sin embargo
no confíes en los llenos y vacíos
tan absolutos como el jamás
un frasco es una persona


federico iglesias



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Lejos

"allá lejos"

Lejos
pierde sentido mi dirección
me detengo y pienso
Lejos
estoy sentado al costado de una vela
el encendedor
Lejos
la bicicleta contra la pared
también una radio de fondo
Lejos
a la noche boca arriba
el zumbido de un murmullo
Lejos
de las horas que alumbra la vela
que amaga una apagación
Lejos
una cañería en funciones
y aguantar el silencio cuesta Lejos


sin fecha (05)
Martin del Barrio
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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