Antonin Artaud
lucidez o no
hay una lucidez que nunca
ninguna enfermedad podrá
arrebatarme / la lucidez
que me dicta el sentimiento
de mi vida física y química
psíquica:hay un mal contra el cual el opio es
irreemplazable: Angustia
la Angustia que hace a los locos
la Angustia que hace a los suicidas
la Angustia que hace a los condenados
la Angustia que corta el cordón umbilical de la vida
tengo derecho
a disponer de mi Angustia
de una angustia que en mí
es tan mortal como las agujas de todas las brújulas del infierno
ninguna ciencia de los hombres
es superior al conocimiento inmediato
que puedo tener de mi ser, pues
soy el único juez de lo que hay en mí
¡convulsiones del cuerpo o el alma
no existe sismógrafo humano
que permita a quien me mire
llegar a una evaluación de mi sufrimiento
más exacta que aquella fulminante de mi espíritu!
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federico iglesias
(sobre texto de A. Artaud)
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Epílogo
“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"
Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.
El editor.