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Milonga


(plagio tanguero)       


bandoneones otra vez
suenan sus quejas y las mías
mientras fumo forma el humo
tu figura y tus ojos
de azúcar quemada
como puentes en silencio
que atravieso
con las lágrimas altas
por milonga
y por llanto da la noche
a la cancel o la llovizna
gris en mi ventana
ya no estás y el recuerdo
es un espejo
que refleja mi castigo
y las penas olvidadas
vuelven desteñidas


F. I.
algún día 06


Nada


Un trago para rasgar a ver qué sale
del pecho, la garganta, el estómago, el cerebro
vaya saber dónde se alojan
esos jirones de relatos que se entonan como sea
esperan al acecho, ocultos en la rutina que nos tapia
la existencia de paisajes cotidianos

Ginebra y hielo
cosas, entes, nada en definitiva
existencia y paisajes cotidianos
lo que digo es otra cosa
no encuentro las palabras.

Pasar diapositivas
una tras otra en cada una
algo para empezar
esa conexión que se intuye
puente desde lejos

La ginebra con el hielo se afloja
atraviesa la garganta como enguantada
invita un trago, luego otro, y ese calorcito
epidérmico se desparrama por dentro

Acaso una construcción imaginaria
acaso es la probabilidad incierta
acaso es la posibilidad y la duda
acaso es la atenuación de una negación
acaso es todo eso según el diccionario

Acaso su presencia y conexión
eludan la definición del diccionario
no se intuye en el vacío
son gestos, miradas, palabras, todo eso
no es cuestión de cantidad
este momento en el que espero una señal



federico iglesias


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el instante



La puerta cerrada. El picaporte tieso. El marco de la puerta. Una pared. Una bombita sujeta a un cable que la alimenta y cuelga del techo. Luz cenital. La sombra del picaporte estirada en diagonal sobre la superficie de la puerta, el marco de la puerta y un trozo de pared. Una foto. 
La puerta cerrada. La llave de la puerta cerrada cuelga de la cerradura. Incrustada en la cerradura. La puerta cerrada y el marco de la puerta. La pared. Una foto. Delante de la puerta una espera. Un pasillo alfombrado, no. Un pasillo de madera, de piso flotante. Alguien delante de la puerta cerrada en un pasillo. De piso de madera flotante. 
La puerta cerrada y alguien delante. Una foto. Una llave que son dos. La cerradura incrustada en la puerta cerrada y su marco en la pared. Alguien delante. Su mano a la altura del picaporte tieso. Dos vueltas y media. La sombra de la mano sobre el picaporte tieso. 
La puerta cerrada. La sombra de la mano sobre la superficie de la puerta, su marco y un trozo de pared. Una foto. El contacto de la mano y el picaporte tieso. Frío. La llave de la puerta cerrada son dos. Gira la llave en sentido de las agujas del reloj. Dos vueltas y media. Un triángulo de luz insinuado en el piso. Un pie que lo invade, primero su sombra. 



federico iglesias

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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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