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...a esta hora en la que una puerta de calle me devuelve a eso que gustan llamar realidad o mundo, el espacio en tiempo presente? ¿Qué busco en el espacio y tiempo presente devuelto por una puerta de calle a eso que gustan llamar realidad o mundo? ¿Busco letras y su producto las palabras y su producto el párrafo y su producto un texto y su producto? ¿Busco límites, un recorrido de mosaicos al extravío?
La náusea cosquilla mi estómago y no puedo levantar la vista del suelo: mi sombra se desplaza quebrada contra la pared.
¿Qué busco, la vista clavada en el suelo en un recorrido de mosaicos al extravío, con un olor impío persiguiéndome los pasos, pegado a la piel las manos, todo el cuerpo pegado a la piel y olor, mi cuerpo éste que está acá sentado y escribe?
Un desierto, que nunca es uno el mismo, pero la esencia, el movimiento dialéctico implícito en la metáfora me empuja hacia delante, otros desiertos.
¿Busco, en un desierto que nunca es uno el mismo, la clave para no desandarme de eso que gustan llamar realidad o mundo, con todos sus recorridos de mosaicos al extravío?
¿Me extravío de cobarde?
Crucé el desierto, tengo las credenciales.
Busqué, con un olor impío persiguiéndome los pasos, por el desierto día y noche, de esperas y vientos pesados como ausencias, esa clave síntoma vital, y la muerte esperándome en el cementerio hasta el día que yo quiera.
Así caminaba entonces, así crucé el desierto, tengo las credenciales tatuadas en la piel, alojadas en el hígado, en alguna parte del cerebro.
Queda eso que se define con el gesto de frotar despacio las yemas de los dedos con la del pulgar como tanteando texturas, pero este sedimento no alcanza más que para literatura barata o poesía de revista.
¿Qué busco, tallado a martillazos por un cincel axioma, la experiencia hace la conciencia, en una parada de colectivos a las cinco de la mañana, la existencia atravesada en el estómago y un frío que aprieta?
¿Busco, en una parada de colectivos a las cinco de la mañana, algo más que la relación de explotación que se establece entre un patrón y su empleado, y que permite al patrón ¿y al empleado?, pero más al patrón, mucho más, tener una vida digna, alimentarse, vestirse, educarse, disfrutar del ocio, producir cultura, someterme al cincel axioma que a martillazos nos cala hasta los huesos?
El movimiento dialéctico implícito en la metáfora me empuja a otros desiertos, en los que la muerte te intercepta en una esquina, en una parada de colectivos, cansada de esperar en el cementerio. Y el axioma cincel que a martillazos te define frente a eso que gustan llamar realidad o mundo, un martillazo aquí, otro un poquito más allá..
La náusea cosquilla mi estómago y no puedo levantar la vista del suelo: mi sombra se desplaza quebrada contra la pared.
¿Qué busco, la vista clavada en el suelo en un recorrido de mosaicos al extravío, con un olor impío persiguiéndome los pasos, pegado a la piel las manos, todo el cuerpo pegado a la piel y olor, mi cuerpo éste que está acá sentado y escribe?
Un desierto, que nunca es uno el mismo, pero la esencia, el movimiento dialéctico implícito en la metáfora me empuja hacia delante, otros desiertos.
¿Busco, en un desierto que nunca es uno el mismo, la clave para no desandarme de eso que gustan llamar realidad o mundo, con todos sus recorridos de mosaicos al extravío?
¿Me extravío de cobarde?
Crucé el desierto, tengo las credenciales.
Busqué, con un olor impío persiguiéndome los pasos, por el desierto día y noche, de esperas y vientos pesados como ausencias, esa clave síntoma vital, y la muerte esperándome en el cementerio hasta el día que yo quiera.
Así caminaba entonces, así crucé el desierto, tengo las credenciales tatuadas en la piel, alojadas en el hígado, en alguna parte del cerebro.
Queda eso que se define con el gesto de frotar despacio las yemas de los dedos con la del pulgar como tanteando texturas, pero este sedimento no alcanza más que para literatura barata o poesía de revista.
¿Qué busco, tallado a martillazos por un cincel axioma, la experiencia hace la conciencia, en una parada de colectivos a las cinco de la mañana, la existencia atravesada en el estómago y un frío que aprieta?
¿Busco, en una parada de colectivos a las cinco de la mañana, algo más que la relación de explotación que se establece entre un patrón y su empleado, y que permite al patrón ¿y al empleado?, pero más al patrón, mucho más, tener una vida digna, alimentarse, vestirse, educarse, disfrutar del ocio, producir cultura, someterme al cincel axioma que a martillazos nos cala hasta los huesos?
El movimiento dialéctico implícito en la metáfora me empuja a otros desiertos, en los que la muerte te intercepta en una esquina, en una parada de colectivos, cansada de esperar en el cementerio. Y el axioma cincel que a martillazos te define frente a eso que gustan llamar realidad o mundo, un martillazo aquí, otro un poquito más allá..
federico iglesias