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lado B

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entrar y salir, así nos la pasamos
tanta filosofía hay en el mundo
y sin embargo no aprendemos a vivir
las costumbres ritualizadas ajenas
a la percepción del patrón común
del entendimiento, permanecen
a la sombra de un muro
que las margina de espaldas
ir y venir, inmovilidad que tira para atrás
ausencia del deseo que no dice
o calla a los gritos

el agua estancada se pudre, un alma
también, dar vuelta una página
movimiento de carácter vital
camino dentro y fuera, moverse
para salir y encontrar un cauce
más que de palabras se trata
de la carne del mundo, de la fuerza
que nos hace y crece, cuando quise
dar vuelta la página noté mi existencia
insoportable de a ratos, un ir y venir
alguna parte hacia la nada o la mera
contemplación de una autista forzoso
como ese personaje que vaga por La Habana
ajeno y ausente de la revolución que lo rodea.

¿qué hay del optimismo? ¿de la confianza
que me hizo llegar hasta acá?
¿de las decisiones tomadas vía impulsos?
¿de las certezas acumuladas en el pecho?
ahí quedan, como esa inquietud que te lleva
donde una parte de mi vida dice hasta acá
un anuncio que viene desde lejos y dentro
no como quien huye sino como quién
busca un sentido, el sentido de las páginas
de un libro a mitad leer

en la ausencia late una dimensión vivencial
toda ausencia impone un desafío inalcanzable
a los cobardes, ese temor al no-ser
que se refleja en un programa de televisión
masivo, tanta basura impune
la ausencia de sentido, el rapto de las ganas
ese no querer que sea, una obligación
que dicta ese a priori del acto amoroso
y nada de lo que digo me reconforta.

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federico iglesias

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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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