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un mundo ancho y ajeno


esa angustia ontológica 
de sujeto colectivo
es una búsqueda de identidad 
sin reposo ni tregua 
para quitarse el destierro de encima 

una rumia que surge y reanuda su trabajo
existencia en carácter de gentilicio

topos obsesivo de una letra
variada en gamas y especialidades
que hurga con lupa
ese rasgo original y propio
proyecto y doctrina de acción
destino inagotable
entre la esperanza y el desengaño
intelectuales de exilios y peregrinajes
alimentados por la diferencia
o contraposición a la alteridad
opresora, génesis de esa búsqueda

punto de partida, emancipación fragmentada
por usurpadores legítimos, blancos
la epidermis del lenguaje subsiste
heterogénea y dramática
en la semejanza de un desarraigo
dialecto y deriva atados con cadena:

latifundio y subdesarrollo
el cura corrupto
los indios explotados
el despotismo del hacendado
la represión del ejército
el orden oligárquico
un mundo ancho y ajeno




federico iglesias

el que ya no es



Ya no

soy inmaduro
inseguro
celoso
soy ansioso
vehemente
impulsivo
soy obsesivo
curioso
lanzado
soy apasionado
impaciente
miedoso
soy atolondrado
sensible
arriesgado

amé una piedra y morí en el intento



federico iglesias
enero 2015

el candidato


lo adulan
agasajan
les agrada
su arrogancia de agua
y lo alaban
atraídos
blanden el bombo
catequistas de la coba
y los complace
conquista
lo contemplan
hacen coro y engatan
como escopetas
festejan
enjabonados los labios
para reír sus desgracias
incesantes le dan
jabón, jalea y sudor:
miedos y prejuicios
para lamer de su levita
con una mano por el lomo
lo miman y jonjaban
obsequian halagos
regalan el oído (los oídos)
y aprueban con palmadas
pero la rosca que lo alimenta
gira al compás
de un mundo que se desangra


federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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