.

.
.

Ginebra y Espejos



"una mujer atrás de un vidrio empañado
pero no, mejor no hablar de ciertas cosas"




Un trago:
la llave oxidada que abre el pecho.
Ginebra y hielo,
rasgar a ver qué sale:
un ojo blindado, un pez soluble,
la sombra de una palabra sin idioma.

Jirones de relatos flotan en el vaso
una radio que murmura desde adentro,
una plaza que no se olvida
aunque la pisen trenes y bondis.

Puentes que se doblan
como cucharas ante la mirada equivocada,
y uno va, siempre va,
a cruzarlos con la frente en llamas
y los pies hechos preguntas.

¿Era ella o una aparición en el vidrio empañado?
¿Una frase mal doblada en boca de otro?
Ya no importa.

La ciudad mastica los pasos en loop,
como la voz que te arrulla
para después escupirte
contra la madrugada fría y húmeda.

No hay autopsia para los sueños.
No hay filosofía que cure
la infección del deseo.

Y sin embargo,
una última ginebra
—esta vez sin hielo—
Invoca una ausencia
que no se va.


I F

.

Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
.
.