.

.
.

Bitácora de una batalla (de cómo una derrota deja de serlo)


"banderas en tu corazón 
yo quiero verlas
ondeando luzca el sol o no"




Yo fui uno de los últimos en subir al barco.
No por falta de ganas,
sino porque andaba así:
a veces con el cuchillo entre los dientes,
otras con la paciencia cansada
y el estómago roído por la ansiedad.

Este no es un canto de guerra.
No hay héroes ni villanos,
ni dioses que nos guíen por las sombras.
Es apenas una historia de batalla,
escrita desde la batalla misma,
para entender lo que hicimos,
y lo que todavía nos queda por hacer.

¿Teníamos un barco?
Más bien, lo hicimos flotar.
Lo arrancamos del muelle sin darnos cuenta,
porque había trincheras que nos llamaban
desde un horizonte dibujado en mapas ajenos.

Nuestro equipaje era escaso:
una valija chica, libros, ropas apretadas
y dos o tres certezas que valían más que el oro.

No sabíamos del todo a dónde íbamos,
pero sí sabíamos por qué.
Y eso, en estos tiempos, ya es mucho.

La bahía se veía apenas,
tras la neblina y el cansancio.
Un campanario, unos molinos en la colina,
una muralla que escondía más preguntas que respuestas.
Esa noche no dormimos:
navegamos en círculos,
como quien cuida lo que todavía no conoce
pero ya siente propio.

A bordo, éramos muchos y distintos.
Algunos se movían con naturalidad,
sabían qué hacer con las sogas, las velas, los nudos.
Otros mareados, otros callados,
otros porque sí, otros porque no.
Pero todos estábamos ahí
por razones profundas como anclas.

La organización fue dura,
porque navegar juntos no es simple,
porque flotar no basta,
porque a veces también hay que avanzar.

Aquella era una ciudad olvidada,
fuera de los libros y de los mapas.
Pero la reconocimos enseguida:
ese era el lugar.
No para conquistarla,
sino para recuperarla.

Cuando sonó el primer cañonazo,
el barco tembló y nosotros también.
No gritamos victoria.
Entendimos que habíamos empezado.
Que lo imposible se vuelve necesario
cuando ya no hay vuelta atrás.



I F

.

Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
.
.