"banderas en tu corazón
yo quiero verlas
ondeando luzca el sol o no"
Yo fui uno de los últimos en subir al barco.
No por falta de ganas,
sino porque andaba así:
a veces con el cuchillo entre los dientes,
otras con la paciencia cansada
y el estómago roído por la ansiedad.
Este no es un canto de guerra.
No hay héroes ni villanos,
ni dioses que nos guíen por las sombras.
Es apenas una historia de batalla,
escrita desde la batalla misma,
para entender lo que hicimos,
y lo que todavía nos queda por hacer.
¿Teníamos un barco?
Más bien, lo hicimos flotar.
Lo arrancamos del muelle sin darnos cuenta,
porque había trincheras que nos llamaban
desde un horizonte dibujado en mapas ajenos.
Nuestro equipaje era escaso:
una valija chica, libros, ropas apretadas
y dos o tres certezas que valían más que el oro.
No sabíamos del todo a dónde íbamos,
pero sí sabíamos por qué.
Y eso, en estos tiempos, ya es mucho.
La bahía se veía apenas,
tras la neblina y el cansancio.
Un campanario, unos molinos en la colina,
una muralla que escondía más preguntas que respuestas.
Esa noche no dormimos:
navegamos en círculos,
como quien cuida lo que todavía no conoce
pero ya siente propio.
A bordo, éramos muchos y distintos.
Algunos se movían con naturalidad,
sabían qué hacer con las sogas, las velas, los nudos.
Otros mareados, otros callados,
otros porque sí, otros porque no.
Pero todos estábamos ahí
por razones profundas como anclas.
La organización fue dura,
porque navegar juntos no es simple,
porque flotar no basta,
porque a veces también hay que avanzar.
Aquella era una ciudad olvidada,
fuera de los libros y de los mapas.
Pero la reconocimos enseguida:
ese era el lugar.
No para conquistarla,
sino para recuperarla.
Cuando sonó el primer cañonazo,
el barco tembló y nosotros también.
No gritamos victoria.
Entendimos que habíamos empezado.
Que lo imposible se vuelve necesario
cuando ya no hay vuelta atrás.
I F