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el que espera, desespera

“para que esta mentira, toda
arda entera
y de sus cenizas brote 
una palabra que haga temblar la tierra.”

— Hay que esperar. 

Eso dicen y repiten 
como un mantra hueco
con sonrisas de piedra 
los que nunca esperan nada 
porque todo les fue dado
les llegó desde la cuna. 

Como si el tiempo fuese 
un remedio universal 
capaz de curar la bronca
y anestesiar la resignación.

Nos piden esperar mientras
ajustan, venden, destruyen
y exhiben la crueldad
como botín de guerra.

Señores, hay que esperar: 
como si estuviésemos en la sala 
de un hospital sin médico 
mientras el país se desarma 
se desguaza como un auto
en un desarmadero.

Hay que esperar nos dicen 
con la boca llena de promesas vencidas
mientras se juegan nuestras urgencias 
en la timba financiera. 

Hay que esperar 
nos dice el Mesías 
que mastica discursos
y escupe ruinas
sobre la mesa del pueblo.





I F

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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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