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treinta y seis/besos

"mi casa se puebla de arlequines 
cuando hay ruido de besos en el aire"
Roberto Jorge Santoro



en un pasillo adolescente
nos atraparon estos besos
improvisados
inevitables
necesarios
impulsivos
apasionados
profundos
dulces
intensos
verdaderos
esperanzadores
perfectos
tiernos
suaves
asaltantes
arrebatados
instintivos
esperados
deseados
concretos
lúdicos
soñados
vitales
enamorados
excitantes
ricos
amorosos
compartidos
poéticos
nuevos
inspirados
osados
urgentes
expresivos
movilizadores
libres
sensuales
es decir, besos como palabras
escritas entre dos




ale rojas

umbral

a vos, Gui
"mi mujer con pestañas de palotes escritos por un niño"


“lo misterioso no es lo que se oculta deliberadamente,
sino el hecho de que la gama de lo posible siempre pueda sorprendernos”


cómo hizo la gama de lo posible
para estar ahí, llegar así
tiró los dados, jugó una carta, mezcló
desde lejos y en el tiempo
adecuado a las palabras, situaciones
libros que van y vienen personas
miradas que sorprenden y quedan
permanecen, duran, subsisten y están
sujetas a los ojos de los que parten
como un rayo me busca sentidos olvidados
y un azar me invita al umbral de tu mirada





federico iglesias

escribir



hizo lo que tenía que hacer
o, mejor dicho, creyó hacer todo lo que debía
agarró la cucharita para revolver el café
la puso a un costado, pensó
que ahí no molestaría ni lo distraería
sorbió café como quién indaga
con el gusto una textura y una imagen

esperó

a veces pasa, no es tan fácil
por momentos se ve a sí mismo
desde arriba a la izquierda
sentado de espaldas / una lámpara
refracta su luz a unos pocos centímetros
el escritorio sobre el que apoya los codos
por momentos vuelve al símil
hoja en blanco que devuelve la pantalla

entonces teclea y un zumbido rítmico
acompaña el crecer de las palabras
que lo devuelven a otros lugares
que son ideas difusas y concretas
un olor al acecho
un tono de luz
la fachada de una casa
el ladrido de algún perro
es volver a un viaje sin camino de vuelta
caminar la búsqueda de una palabra
que se abre como indicio

es escribir
así, agazapado, esperó

una paciencia forjada en todas las batallas
perdidas de antemano contra la ansiedad
un esperar activo, de reojo, tenso
en ese fluir del tiempo que produce el silencio.


federico iglesias

no te quedes

"No te quedes inmóvil 
al borde del camino"


que esta época no te agarre solo
ninguna, pero esta menos
hay épocas y épocas

esta no es una época para perder el tiempo
ninguna, pero esta menos
un designio de los mercachifles de la imagen
una sucesión de errores adrede y de los otros
cocinado a fuego repetido

esta no es una época para distancias
ninguna, pero esta menos
encontrar el lado salvaje significa volver
a la calle y el grito, "la joda"
mejor que te amasije, transforme, y no te pase de costado

esta no es una época para el desaliento
ninguna, pero esta menos
ahora resulta que otra vez, bigotitos al acecho
nos dicen esto no, lo otro no, está prohibido
la represión de la alegría, una revancha de clase

esta no es una época para la palabra ligera
ninguna, pero esta menos
batalla de la conversación frente al monólogo del poder
decir implica denunciar y contar obliga a convencer
que no, que esto así no va, lo aprendimos con la sangre

esta no es una época para el olvido
ninguna, pero esta menos
a contra pelo del reloj esos ropavejeros del tiempo
que nos dicen del pasado las preguntas de hoy
nos obligan a la acción de la respuesta

esta no es una época para el silencio, para estar solo
para perder el tiempo, para distancias, desalientos
para la palabra ligera, para el olvido
esta no es una época para dejar de escribir



federico iglesias

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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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