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Historia

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al final de esta historia se oyen murmullos
sombras aplastadas en el barro del olvido
esperan la noche del eclipse para arrancarse
la ropa pestilente que soportan
bajo un diluvio de siglos de rejas de agua
a través de un velo húmedo respiro letras
fluir excitante de vocales y consonantes
remonto los años o barriletes de una era imaginaria
guardo la mirada en un retazo del cielo y veo duendes,
caras infinitas y gatos al acecho
el aire se bifurca, soy una moneda con la seca mojada
¿me queda algo de carne y hueso?
conejos en las islas Canarias del siglo XIV
ironías de un pasado perpetuo
bodegas colmadas de carne humana
enfrentadas al espejo de la historia
escorbuto y somníferos enlatados
me arrodillo y me amputo las manos
peces derramados navegan alfombras de musgo
placeres de vidrio
una gota que no cae la luna pasea en camisón
cortejada por una tropa de caballeros malditos
nauseas hermosas
nada de lo que digo se escucha afuera
palabras de hielo en el horno de la indiferencia
soy un monje con la túnica infectada
el letargo mece la cuna de espinas que lacera al niño dormido
y el cobarde sentado en su sillón mira el atardecer
insectos en el crepúsculo
se aferra al mástil de impunidad que lo separa
de la tumba muda, invisible, que espera hambrienta
creo estar en la bisagra del mundo, lo comprendo,
pero como no se explicarme sin palabras paganas, querría callar...


federico iglesias


Arcada verbal

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no cabe en el cuerpo esta arcada verbal
que con epicentro de estómago rompe
agrieta arterias vetas venas
corroe sangre torrente por debajo
acá las vísceras sísmicas son un relieve ineludible
una aguja en la encía
una puñalada en la conciencia que te asalta y viola
cuya función es romper en el otro para que duela
o sea, mirada clavada en tus espejos oculares de pasado espeso
pesan en total un puñado de clavos en los ojos
quieras o no el dolor duele
puesto que los viceversa del espejo
aparecen en nuestros órganos cómo interrogantes fisiológicos
que conjurados extreman broncas y dolores a punto de estallar
después el eco rebota en las paredes, único testigo
una aberración de esfericidad cromática
acrobática, narcótica, un arco iris cáustico
florescencias e interferencias
pero no, no me cabe en el cuerpo
pelo el escudo y ahí voy
sin más rodeos que dos o tres manías incurables (que no vienen al caso)
pedaleo la garganta y la cadena engrasada gira al compás, trago saliva
en la tumba no hay lugar para traiciones,
mi cuerpo semeja una figura tallada en parte
embutida de brazos extendidos
un contorno que un abrazo por la espalda intenta delinear
al cuello un collar de cuentas pendientes hace juego con un par de aros truncos
así te soy a la hora en la que mis oídos lúbricos entran en erupción
cuando me invade esta memoria involuntaria o
una caja de zapatos llena de diapositivas
en la que repito que te soy oídos tapados y ojos cerrados al vacío
ahora me cuesta girar la cabeza para el costado
las sienes ya son miles y así sucesivamente


federico iglesias
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miserere


"Ah, de miserable en sublime la plaza. Alucinada es.
Porque la plaza produce desvaríos."
Diamela Eltit, Lumpérica


quién era antes de la Plaza
antes de las dos cuadras y media
y entrar a mear a ese bar de Once
donde permiso por favor, al fondo
el neón arranca la noche de lugar
antes de doblar la última esquina
quién salió
rumbo conocido de memoria,
para no perder la costumbre

enfrente, desde los orines del bar
plaza Miserere o sus luces gastadas
oscura casi a propósito, no se ve
los puestos de panchos y gaseosas
su gente que la atraviesa con indiferencia
rutina de subirse al tren para volver
o viceversa, que es lo mismo pero al revés

y antes de eso la Plaza digo,
no tan oscura como parece a simple vista
debajo de los árboles, uno, dos tres, pibes
rendidos a un viaje de poxirrán
debajo de los faroles una, dos, tres, mujeres
del caribe en venta su sexo por veinte pesos
debajo de los carteles, uno, dos, tres
policías de civil palpan, revisan
debajo de un toldo, un borracho que duerme
y más debajo aún
las seis horas del subte A, las vías electrificadas

quién era antes de ingresar a esta Plaza
cuando camino por Rivadavia,
quién mueve mis piernas de memoria
en las letras que tuve y tengo a mano
la Plaza esta donde siempre y mis pasos se orientan hacia allá
cada uno por su lado, pero juntos
avanzan la verda sin importarles quién era antes de la Plaza.




federico iglesias


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Fuga

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Un Tramontina tajea al fuelle en medio del suspiro
Y las patas de araña vuelven a clavarse en el estómago
Casi no hace falta detenerse en los detalles
Éstos hablan por sí solos en su encadenamiento lógico
Hay ramas como hélices detenidas en el aire
Entre un bolo alimenticio de biscochitos Don Satur.
Aquí lo substancial radica en él o los por qué
Hacia atrás en busca de similitudes escondidas
En el olvido de los días que pasaron
Sus huellas en las paredes de la casa o el piso
O pasto mojado de una lluvia de hace toda la tarde
Una serie de nubes que copó el cielo en un abrir y cerrar de ojos
Ahora las tengo encima y no paran de mojar
Todo lo que encuentran a su paso de gotas frenéticas
Cantidad de tiempo en que se dilata
Desde donde uno puede verla o no según la ubicación exacta
De uno y la gota a la vez: desde aquí son uno, dos tres, cua... ya está.
Después vienen las sucesivas en el tiempo
Que ha de seguir al momento en que caen
Sobre la telaraña de humo tendida adicta a lo largo de un día más.
También el Tramontina al costado del plato y en la otra mano el tenedor
Son dieciocho las patas de araña que ahora clavan
Y desclavan a ritmo punzante.
Erguida de truenos y relámpagos en forma de arterias eléctricas
Apuntándome al pecho mientras miro por la ventana
La fuga regresa en busca del paraguas
Prepara esa pasta de goma o jalea plástica que dilata cada acción
En un reflujo permanente de ganas de partir.
Es que los ejercicios de conciencia a veces duelen y otras dan calambres.
Algo que se rompió en alguna parte pero dónde, cómo.
Ajeno a esa mirada entretenida en vaya uno a saber qué

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federico iglesias

Nada que festejar

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el puente que falta viene a buscarme
al cordón de la vereda
cinco siglos repetido
desde el espíritu de cruzada
la pericia técnica, ultramar
artillería naval —¿te suena?—

un vasto océano circundante
según Hiparco, Eratóstenes, o Estrabón
y las referencias bíblicas, leyendas
o relatos de viajeros
pero la exactitud operatoria de los portulanos
sólo era admisible para travesías
orientándose en las estrellas

el puente que falta viene a buscarme
con su astrolabio a cuestas
en la cubierta de un barco balanceándose
menos marinero y menos barloventeante
que los Juncos de China
(las Galeras ganaron la batalla de Lepanto)
con castillos de combate salientes
a proa y a popa faena bélica
el fuego por los costados
refuerza la acción de los arcabuceros
y comerciantes

con el Mapamundi en el corazón
“creía el Almirante
que estaba muy cerca de la Fuente,
y que Nuestro Señor le había de mostrar
donde nace el oro y fluyen riquezas
en cascadas auríferas”
amén / sabios indignos de fe
arrodillándose un Continente
saquean


federico iglesias
octubre 2002
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I

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su nombre va detrás del sonido:
cuando pronuncio la a de
arrancado a mi estómago de un tirón
me despego de sus dedos sudorosos
y la dejo sobre el cenicero / humea
antes que la invada una apagación de silencio
como el eco de su nombre acá nomás
parece meditar una tregua
(pero y aunque)
apunta su sed de pólvora y me tienta
tanto que me cuesta escribir
“escribir cuesta me que tanto”
así durante un rato / mas daca que toma
tironeo, tironeo, tironeo, tironeo
hasta que tironeo pierde
sentido y se vacía
puertas afuera de la palabra “después”
las balas se acaban / sobre la mesa queda
solo un susurro de garúa persistente
después que me cuelgo de no sé y des-espero.
imposibles de apagarse, dos ojos
y una duda péndula dura poco
levanta la cabeza, balbucea y baldosas flojas
se cruzan van y vienen
a tener en cuenta por ejemplo
no solo los ojos
en susurros de bicicleta a media noche
cuando el paso que viene por la vereda
la ventana enmudece
un cachito mas abajo, ese farol
proyecta sus sombras sobre
la pared que lo contiene
ayer una sombra y anteayer
otra / los ayeres sombríos forman un túnel
al costado de la noche, la entrada
custodiada por dos buhos
ante el paso de una procesión y sobre los hombros
las trompetas vacías,
transeúntes a paso de tijera / nubes con manchas de té

días charcos / aunque duerma hermosa como siempre
que su calor inunda
la almohada digamos por el cuello


federico iglesias
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Otoño

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con
el
peso
de
dos
kilos
de
hojas
secas
en
la
frente
miro
el
suelo
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federico iglesias




Poemas de Marcos Peña*

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tu cáscara, y no sos fruta, entonces debajo qué
tanta la bronca que late, y tu cáscara
y ese auto de lujo de mierda de lujo
algodonado por los privilegios de una clase
explotadora estalla la miseria, allá está o acá
y tu cáscara de metal o blindada por qué no
polarizado tu cerebro de vidrio, de blindex
y tu cáscara de mujer al costado, de modelo
económico neoliberal y lo de neo no es más que
un eufemismo entre tus cejas de cáscara arrugada
calva y rasurada las mejillas de tu cáscara
cara, de tu poco valor



(...)


quién sabe, si otro camión
dejara atrás varios al costado
de una ruta, quién sabe si otra
banquina, acarreará sus trapitos
y se mandará mudar, anda a saber
dónde, suele vérselas en verano
banquinas locas, de un camión
que dejó atrás varios al costado
de una ruta, ovarios al costado de
la ruta, como si la ruta fuese
un dios griego pero patas arriba
de la mesa escribo


* Marcos Peña se sentía mal. El estómago. Único miembro del cuerpo que se hace mala sangre por todo. No aceptó, motivos tenía como úlceras, el anteúltimo vaso de Mariposa, menos aún el último. Después tenía que dormir si el placard se quedaba quieto y dejaba de girar alrededor de la cama. El estómago digo, sobre la cama de Marcos Peña que se sentía mal. El Cordobés le dijo que no tomara ese anteúltimo vaso de Mariposa porque toda mariposa antes fue oruga y vi una oruga mirándome, decía. Al Cordobés le gustaba mezclar partes de canciones entre las oraciones de una charla entre amigos, pero no sé por qué el estómago del Cordobés no se hacía mala sangre por uno o dos vasos más de Mariposa. Marcos Peña también cordobés, pero de estómago otro, sintiéndose mal escribió estos renglones.



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federico iglesias

Bisagra

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“tinta sobre papel”



a esta hora las horas duermen y una heladera
hiela el encierro de un cubito
con ánimo de julio sin bufanda despunta otra madrugada de
pasajeros noctámbulos, rumores de un día que descansa sobre otro
éste que asoma dentro de un rato
cuando las sombras de las luces de mercurio
se replieguen atemorizadas
por miedo a desaparecer para siempre

a esta hora digo, uno tiene la sensación (o lo que queda de ella)
de que el tiempo no transcurre
se escurre por alguna canilla que gotea
ajeno al reloj despertador, a sus cinco pesos en la vereda de Retiro,
a su tiranía de agujas de extremos fosforescentes
tic-tac, tic-tac,
bisagra del espíritu insomne,
tic-tac, tic-tac,
insomnio del espíritu bisagra
habitáculo al cubito de hielo encerrado
y el cansancio a la deriva no encuentra lugar en el cuerpo
(o espalda jornada laboral)
al acecho fuma fatiga, a los tumbos danza mudo
alrededor de una cama vacía,
sábanas revueltas, enredadas a tu ausencia
.

federico iglesias
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espiral toda la noche

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el reloj marca las 6:27 de un día ventilador
y espiral toda la noche, pero ya lo último
porque las cenizas ahora forman otro
espiral gris sobre un plato de loza

ahí nomás el ventilador digo / gira
parecido a un hélice que se brisa de vientito
pero afuera, quizás trece o catorce minutos
antes todavía, el patio teñido de azul aplasta
las bicicletas contra el blanco del paredón
sin que a la ventana le importe siquiera en sus marcos

el patio todavía de noche afuera,
constelado bajo
el cielo como hacía toda la noche. 
Y la habitación
ventana y todo, de lamparita encendida, perdón
las seis y veintisiete son apenas unos minutos
en puñados, como cuchillos de tiempo
clavados en la pared cada sesenta segundos

y ni noticias, oriente no asoma detrás
del paredón blanco del patio, tampoco
en el kiosco de diarios habían apagado
los tubos y las luces de la avenida lucían en fila
como hacía toda la noche. La habitación digo

negándose el día, indiferente, la ventana digo
no es ajena a ese patio dentro de unas horas
cuando el calor de la siesta
pero el reloj marca las 6:27 y oriente no asoma
detrás del paredón blanco del patio, un perro
con ladrido de estrellas en el hocico.





federico iglesias



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Inercia

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con el oído de reojo si querés
a fuerza de adivinar una causa o sucesión de
establecer conexiones por fuera del marco habitual
del hábito que hace al monje cotidiano
o el lazo del hábito ciñéndole la cintura y sobre el pecho un crucifijo de madera
o sino el diario bajo el brazo en el anden, cuota de día
o mejor aún abierto de par en par en todos los asientos el mismo
desconfío de la inercia y las repeticiones
sus consecuencias en los raspones de rodilla de agujeros en el pantalón,
y la vergüenza propia de quien comete una estupidez
vuelta al vagón el monje cotidiano y un paraguas parte aguas
como el vagón fantasma que se forma paralelo reflejado
en los vidrios de la ventana por efecto de la luz
desconfío de la óptica y los boticarios cura desgarros
abona un peso nada más.
– Con el debido respeto que me merece su condición de proletario–
(y apelando a ella si usted quiere)
– los carteles, señor Guarda–
– leyó ese cartelito rojo de allá contra el vidrio de la puerta–
– lo felicito yo también lo leí señor Guarda–
entonces no me disgregue estas líneas
guarde este diálogo señor Guarda
píquelo si quiere dos veces
pero no me lo devuelva porque ya no me pertenece
se me acusa de intuición, pero a penas
soy un hoplita de la desconfianza que viaja en tren desde hace mucho
y este mucho estírelo el lector hasta dónde le lleguen los recuerdos de la niñez
después multiplique por un tren cada quince minutos y saque la cuenta
la infantería hoplita contaba con falanges de varios centenares de hombres
cuerpo a cuerpo
cuya esencia era el movimiento en formación
compactados cual monjes cotidianos en hora pico.
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federico iglesias
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efeméride K

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el pingüino bravucón se asoma
al Balcón, ó Histórico Balcón,
ve la Plaza, ó Histórica Plaza
vacía y vallada y sonríe
pero es nostalgia, dice
y decide quedarse en el Balcón
el palmípedo bonapartista
mira hacia ambos lados a la vez
las palomas arremolinadas en un maíz
el cincuenta que dobla por Reconquista
así decreta un feriado por ejemplo
entonces grita y se enardece
se le desacomoda el saco y
encima cae viernes
la industria de las aves migratorias
y un ciclo económico favorable
se lo ve feliz
en las fotos de los diarios
o la tele lo festeja
y critican los gorilas de su misma
vereda en otras jaulas
algunos “imberbes” de la Plaza también
no por cuestiones ideológicas
sino cosméticas, el modelo
cambia de nombre y a lo sumo de gerente
respira tranquilo
más allá de una tos, un espasmo
a su ala izquierda o derecha
no las usa para volar, no vuela
y su bandada demagogia lo agranda
lo infla, lo ensancha, lo tambalea
el montón de miseria que lo sostiene
allá arriba, cerca del General
el pingüino Rosa no sólo por su Casa
sino por su pasado teñido, o el de otros
a quienes infama con efemérides
decretadas un día que se levantó
con el pie izquierdo y la sonrisa de su Dama
de compañía / Petrolera.


Marzo 06
federico iglesias
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No caen tan lejos

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tenso los dedos y una descarga cerrada
refusila sin cuartel
¿para qué habrá luna hoy a la noche en Bagdad?
las manos se tensan, no puedo moverlas
¿y si mañana no amanece?
sentémonos a la mesa
inmóviles en un zafarrancho hediondo
hoy en la noche de Bagdad
a la hora de la cena
acá nomás, el asedio
detrás de una cortina de humo
el televisor es una boca de fuego
irrealidad de pantalla
implacable
absurdo, el humo es real
nauseabundo, el fuego arde
humo y fuego de carne y hueso
no caen tan lejos
tres mil misiles
en cuarenta y ocho horas
y acá nomás
me dan asco
las genuflexiones periodísticas
de cara al asco
las reverencias ante la superioridad
de una máquina de muerte
tres mil misiles
en cuarenta y ocho horas
que cotiza en bolsa
como el petróleo
¿escuchás?
no caen tan lejos
y si tu almohada no te deja dormir
tomá un cachito de silencio
escuchá, no caen tan lejos

23 de marzo de 2003
federico iglesias
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farol

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fuera del ritual de las Letras, la f parece un farol
a la hora en la que los para qué forman un cerco
circunferencia o cuadrilátero da igual / ¿o no?
una batalla entrañas adentro, debajo del montón de huesos
el estómago con las riendas de mi cerebro
donde la batalla y sus trincheras,
y a los hombros la mochila, misma hecha otra sobre
los hombros mismos hechos no otros pero sí otros
los para qué parapetados para qué
escribir a esta hora y dónde sino
no sobre la mesa de un bar / menos contra la ventana
no, en el tren sí
¿y acá?
fuera del ritual de las Letras, la f parece un farol
con cierta familiaridad negativa alumbra
menos un fondo que un límite extremo
el estilo está más allá de su haz de luz
imágenes, elocución, léxico
nacen del pasado y del cuerpo de ese farol f
lenguaje autárquico / hundido en la mitología personal
la dimensión vertical y solitaria del pensamiento
veinte minutos más tarde inquieto el corazón
de ojos nublados como cielos de marzo
que abren paso en el inconsciente
a la f del farol, o su sombra en la pared

noes continuos aniquilan cualquier tipo de nihilismo
aquí y ahora: las agujas mandan
las puertas de la noche cerradas



federico iglesias
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a Dario y Maxi

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“yo quiero un ejército de locos
que me saque de la tumba.”


la vereda cotidiana camina la cuadra,
olor a municipalidad en la calle
los cordones pintados de blanco por un Plan Trabajar.
el barrio municipal,
alumbrado barrido y limpieza,
que se barre a oscuras,
y el tren de asientos de barro
y ventanillas de nubes violetas
en el viaje de vuelta,
son la llama azul del invierno crepitante,
por el tubo de la indiferencia a largo plazo.
violencia lenta
hambre de rapiña cotidiana
y rebeldía de acróbata en el panal
frascos de plomo en el “pogo del payaso asesino”
la represión cotiza en bolsa
de basura revuelta
las tasas de desinterés bajan
a niveles de rebelión,
empleo pleno de asambleas
títulos públicos y letras de cambio,
nadie no existe porque todos nunca es uno
pagar para pasar
el peso de un preso en huelga de hambre
la policía es el peaje que se paga
para comprar libertad en un Barrio Privado
que priva su alrededor
felicidad feudal en la Corte
arriesgar la vida no es tirar balazos
sino recibirlos
al que quiera querer lo que quiera
ser en vez de ser nadie sin querer.
un malabar de rutina
una bala va a matar el mar
disparos a las olas
que acaban por romper y regar
la arena de berberechos para el arroz
de la noche
impunocracia de mercado
un piedrazo en la boca
justo cuando termina de hablar
saboreo la violencia de las palabras
entre el absurdo de un abanico
de autopistas recortadas grises
me abre una urbanidad de pájaros
asomados a su segunda infancia
rompen jaulas de abecedarios

dice Marx:
nada peor que un burgués acorralado,
y un oficial de la bonaerense lo corrobora a muerte,
pasa una sirena policial que grita mano dura
mientras el barrio se encierra en la noche
entre rejas de miedo.
dialéctica incorruptible,
empujo palabras de piedra
y piedrazos y palos entre el humo
que fuma una cubierta.
va la palabra en torrente sanguíneo
carnal de hueso
suena un bandoneón de vino tinto
no quiero una vida de control remoto
y no puedo callar el piedrazo
que amasa el pan
de la poesía piquetera.

26 de junio de 2002
federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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