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Fuga

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Un Tramontina tajea al fuelle en medio del suspiro
Y las patas de araña vuelven a clavarse en el estómago
Casi no hace falta detenerse en los detalles
Éstos hablan por sí solos en su encadenamiento lógico
Hay ramas como hélices detenidas en el aire
Entre un bolo alimenticio de biscochitos Don Satur.
Aquí lo substancial radica en él o los por qué
Hacia atrás en busca de similitudes escondidas
En el olvido de los días que pasaron
Sus huellas en las paredes de la casa o el piso
O pasto mojado de una lluvia de hace toda la tarde
Una serie de nubes que copó el cielo en un abrir y cerrar de ojos
Ahora las tengo encima y no paran de mojar
Todo lo que encuentran a su paso de gotas frenéticas
Cantidad de tiempo en que se dilata
Desde donde uno puede verla o no según la ubicación exacta
De uno y la gota a la vez: desde aquí son uno, dos tres, cua... ya está.
Después vienen las sucesivas en el tiempo
Que ha de seguir al momento en que caen
Sobre la telaraña de humo tendida adicta a lo largo de un día más.
También el Tramontina al costado del plato y en la otra mano el tenedor
Son dieciocho las patas de araña que ahora clavan
Y desclavan a ritmo punzante.
Erguida de truenos y relámpagos en forma de arterias eléctricas
Apuntándome al pecho mientras miro por la ventana
La fuga regresa en busca del paraguas
Prepara esa pasta de goma o jalea plástica que dilata cada acción
En un reflujo permanente de ganas de partir.
Es que los ejercicios de conciencia a veces duelen y otras dan calambres.
Algo que se rompió en alguna parte pero dónde, cómo.
Ajeno a esa mirada entretenida en vaya uno a saber qué

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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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