"No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar las banderas de la imaginación"
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Nada que festejar
el puente que falta viene a buscarme
al cordón de la vereda
cinco siglos repetido
desde el espíritu de cruzada
la pericia técnica, ultramar
artillería naval —¿te suena?—
un vasto océano circundante
según Hiparco, Eratóstenes, o Estrabón
y las referencias bíblicas, leyendas
o relatos de viajeros
pero la exactitud operatoria de los portulanos
sólo era admisible para travesías
orientándose en las estrellas
el puente que falta viene a buscarme
con su astrolabio a cuestas
en la cubierta de un barco balanceándose
menos marinero y menos barloventeante
que los Juncos de China
(las Galeras ganaron la batalla de Lepanto)
con castillos de combate salientes
a proa y a popa faena bélica
el fuego por los costados
refuerza la acción de los arcabuceros
y comerciantes
con el Mapamundi en el corazón
“creía el Almirante
que estaba muy cerca de la Fuente,
y que Nuestro Señor le había de mostrar
donde nace el oro y fluyen riquezas
en cascadas auríferas”
amén / sabios indignos de fe
arrodillándose un Continente
saquean
federico iglesias
octubre 2002
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Epílogo
“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"
Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.
El editor.
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