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Arcada verbal

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no cabe en el cuerpo esta arcada verbal
que con epicentro de estómago rompe
agrieta arterias vetas venas
corroe sangre torrente por debajo
acá las vísceras sísmicas son un relieve ineludible
una aguja en la encía
una puñalada en la conciencia que te asalta y viola
cuya función es romper en el otro para que duela
o sea, mirada clavada en tus espejos oculares de pasado espeso
pesan en total un puñado de clavos en los ojos
quieras o no el dolor duele
puesto que los viceversa del espejo
aparecen en nuestros órganos cómo interrogantes fisiológicos
que conjurados extreman broncas y dolores a punto de estallar
después el eco rebota en las paredes, único testigo
una aberración de esfericidad cromática
acrobática, narcótica, un arco iris cáustico
florescencias e interferencias
pero no, no me cabe en el cuerpo
pelo el escudo y ahí voy
sin más rodeos que dos o tres manías incurables (que no vienen al caso)
pedaleo la garganta y la cadena engrasada gira al compás, trago saliva
en la tumba no hay lugar para traiciones,
mi cuerpo semeja una figura tallada en parte
embutida de brazos extendidos
un contorno que un abrazo por la espalda intenta delinear
al cuello un collar de cuentas pendientes hace juego con un par de aros truncos
así te soy a la hora en la que mis oídos lúbricos entran en erupción
cuando me invade esta memoria involuntaria o
una caja de zapatos llena de diapositivas
en la que repito que te soy oídos tapados y ojos cerrados al vacío
ahora me cuesta girar la cabeza para el costado
las sienes ya son miles y así sucesivamente


federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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