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miserere


"Ah, de miserable en sublime la plaza. Alucinada es.
Porque la plaza produce desvaríos."
Diamela Eltit, Lumpérica


quién era antes de la Plaza
antes de las dos cuadras y media
y entrar a mear a ese bar de Once
donde permiso por favor, al fondo
el neón arranca la noche de lugar
antes de doblar la última esquina
quién salió
rumbo conocido de memoria,
para no perder la costumbre

enfrente, desde los orines del bar
plaza Miserere o sus luces gastadas
oscura casi a propósito, no se ve
los puestos de panchos y gaseosas
su gente que la atraviesa con indiferencia
rutina de subirse al tren para volver
o viceversa, que es lo mismo pero al revés

y antes de eso la Plaza digo,
no tan oscura como parece a simple vista
debajo de los árboles, uno, dos tres, pibes
rendidos a un viaje de poxirrán
debajo de los faroles una, dos, tres, mujeres
del caribe en venta su sexo por veinte pesos
debajo de los carteles, uno, dos, tres
policías de civil palpan, revisan
debajo de un toldo, un borracho que duerme
y más debajo aún
las seis horas del subte A, las vías electrificadas

quién era antes de ingresar a esta Plaza
cuando camino por Rivadavia,
quién mueve mis piernas de memoria
en las letras que tuve y tengo a mano
la Plaza esta donde siempre y mis pasos se orientan hacia allá
cada uno por su lado, pero juntos
avanzan la verda sin importarles quién era antes de la Plaza.




federico iglesias


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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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