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Poemas de Marcos Peña*

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tu cáscara, y no sos fruta, entonces debajo qué
tanta la bronca que late, y tu cáscara
y ese auto de lujo de mierda de lujo
algodonado por los privilegios de una clase
explotadora estalla la miseria, allá está o acá
y tu cáscara de metal o blindada por qué no
polarizado tu cerebro de vidrio, de blindex
y tu cáscara de mujer al costado, de modelo
económico neoliberal y lo de neo no es más que
un eufemismo entre tus cejas de cáscara arrugada
calva y rasurada las mejillas de tu cáscara
cara, de tu poco valor



(...)


quién sabe, si otro camión
dejara atrás varios al costado
de una ruta, quién sabe si otra
banquina, acarreará sus trapitos
y se mandará mudar, anda a saber
dónde, suele vérselas en verano
banquinas locas, de un camión
que dejó atrás varios al costado
de una ruta, ovarios al costado de
la ruta, como si la ruta fuese
un dios griego pero patas arriba
de la mesa escribo


* Marcos Peña se sentía mal. El estómago. Único miembro del cuerpo que se hace mala sangre por todo. No aceptó, motivos tenía como úlceras, el anteúltimo vaso de Mariposa, menos aún el último. Después tenía que dormir si el placard se quedaba quieto y dejaba de girar alrededor de la cama. El estómago digo, sobre la cama de Marcos Peña que se sentía mal. El Cordobés le dijo que no tomara ese anteúltimo vaso de Mariposa porque toda mariposa antes fue oruga y vi una oruga mirándome, decía. Al Cordobés le gustaba mezclar partes de canciones entre las oraciones de una charla entre amigos, pero no sé por qué el estómago del Cordobés no se hacía mala sangre por uno o dos vasos más de Mariposa. Marcos Peña también cordobés, pero de estómago otro, sintiéndose mal escribió estos renglones.



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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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