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efeméride K

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el pingüino bravucón se asoma
al Balcón, ó Histórico Balcón,
ve la Plaza, ó Histórica Plaza
vacía y vallada y sonríe
pero es nostalgia, dice
y decide quedarse en el Balcón
el palmípedo bonapartista
mira hacia ambos lados a la vez
las palomas arremolinadas en un maíz
el cincuenta que dobla por Reconquista
así decreta un feriado por ejemplo
entonces grita y se enardece
se le desacomoda el saco y
encima cae viernes
la industria de las aves migratorias
y un ciclo económico favorable
se lo ve feliz
en las fotos de los diarios
o la tele lo festeja
y critican los gorilas de su misma
vereda en otras jaulas
algunos “imberbes” de la Plaza también
no por cuestiones ideológicas
sino cosméticas, el modelo
cambia de nombre y a lo sumo de gerente
respira tranquilo
más allá de una tos, un espasmo
a su ala izquierda o derecha
no las usa para volar, no vuela
y su bandada demagogia lo agranda
lo infla, lo ensancha, lo tambalea
el montón de miseria que lo sostiene
allá arriba, cerca del General
el pingüino Rosa no sólo por su Casa
sino por su pasado teñido, o el de otros
a quienes infama con efemérides
decretadas un día que se levantó
con el pie izquierdo y la sonrisa de su Dama
de compañía / Petrolera.


Marzo 06
federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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