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farol

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fuera del ritual de las Letras, la f parece un farol
a la hora en la que los para qué forman un cerco
circunferencia o cuadrilátero da igual / ¿o no?
una batalla entrañas adentro, debajo del montón de huesos
el estómago con las riendas de mi cerebro
donde la batalla y sus trincheras,
y a los hombros la mochila, misma hecha otra sobre
los hombros mismos hechos no otros pero sí otros
los para qué parapetados para qué
escribir a esta hora y dónde sino
no sobre la mesa de un bar / menos contra la ventana
no, en el tren sí
¿y acá?
fuera del ritual de las Letras, la f parece un farol
con cierta familiaridad negativa alumbra
menos un fondo que un límite extremo
el estilo está más allá de su haz de luz
imágenes, elocución, léxico
nacen del pasado y del cuerpo de ese farol f
lenguaje autárquico / hundido en la mitología personal
la dimensión vertical y solitaria del pensamiento
veinte minutos más tarde inquieto el corazón
de ojos nublados como cielos de marzo
que abren paso en el inconsciente
a la f del farol, o su sombra en la pared

noes continuos aniquilan cualquier tipo de nihilismo
aquí y ahora: las agujas mandan
las puertas de la noche cerradas



federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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