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I

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su nombre va detrás del sonido:
cuando pronuncio la a de
arrancado a mi estómago de un tirón
me despego de sus dedos sudorosos
y la dejo sobre el cenicero / humea
antes que la invada una apagación de silencio
como el eco de su nombre acá nomás
parece meditar una tregua
(pero y aunque)
apunta su sed de pólvora y me tienta
tanto que me cuesta escribir
“escribir cuesta me que tanto”
así durante un rato / mas daca que toma
tironeo, tironeo, tironeo, tironeo
hasta que tironeo pierde
sentido y se vacía
puertas afuera de la palabra “después”
las balas se acaban / sobre la mesa queda
solo un susurro de garúa persistente
después que me cuelgo de no sé y des-espero.
imposibles de apagarse, dos ojos
y una duda péndula dura poco
levanta la cabeza, balbucea y baldosas flojas
se cruzan van y vienen
a tener en cuenta por ejemplo
no solo los ojos
en susurros de bicicleta a media noche
cuando el paso que viene por la vereda
la ventana enmudece
un cachito mas abajo, ese farol
proyecta sus sombras sobre
la pared que lo contiene
ayer una sombra y anteayer
otra / los ayeres sombríos forman un túnel
al costado de la noche, la entrada
custodiada por dos buhos
ante el paso de una procesión y sobre los hombros
las trompetas vacías,
transeúntes a paso de tijera / nubes con manchas de té

días charcos / aunque duerma hermosa como siempre
que su calor inunda
la almohada digamos por el cuello


federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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