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espiral toda la noche

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el reloj marca las 6:27 de un día ventilador
y espiral toda la noche, pero ya lo último
porque las cenizas ahora forman otro
espiral gris sobre un plato de loza

ahí nomás el ventilador digo / gira
parecido a un hélice que se brisa de vientito
pero afuera, quizás trece o catorce minutos
antes todavía, el patio teñido de azul aplasta
las bicicletas contra el blanco del paredón
sin que a la ventana le importe siquiera en sus marcos

el patio todavía de noche afuera,
constelado bajo
el cielo como hacía toda la noche. 
Y la habitación
ventana y todo, de lamparita encendida, perdón
las seis y veintisiete son apenas unos minutos
en puñados, como cuchillos de tiempo
clavados en la pared cada sesenta segundos

y ni noticias, oriente no asoma detrás
del paredón blanco del patio, tampoco
en el kiosco de diarios habían apagado
los tubos y las luces de la avenida lucían en fila
como hacía toda la noche. La habitación digo

negándose el día, indiferente, la ventana digo
no es ajena a ese patio dentro de unas horas
cuando el calor de la siesta
pero el reloj marca las 6:27 y oriente no asoma
detrás del paredón blanco del patio, un perro
con ladrido de estrellas en el hocico.





federico iglesias



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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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