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con el oído de reojo si querés
a fuerza de adivinar una causa o sucesión de
establecer conexiones por fuera del marco habitual
del hábito que hace al monje cotidiano
o el lazo del hábito ciñéndole la cintura y sobre el pecho un crucifijo de madera
o sino el diario bajo el brazo en el anden, cuota de día
o mejor aún abierto de par en par en todos los asientos el mismo
desconfío de la inercia y las repeticiones
sus consecuencias en los raspones de rodilla de agujeros en el pantalón,
y la vergüenza propia de quien comete una estupidez
vuelta al vagón el monje cotidiano y un paraguas parte aguas
como el vagón fantasma que se forma paralelo reflejado
en los vidrios de la ventana por efecto de la luz
desconfío de la óptica y los boticarios cura desgarros
abona un peso nada más.
– Con el debido respeto que me merece su condición de proletario–
(y apelando a ella si usted quiere)
– los carteles, señor Guarda–
– leyó ese cartelito rojo de allá contra el vidrio de la puerta–
– lo felicito yo también lo leí señor Guarda–
entonces no me disgregue estas líneas
guarde este diálogo señor Guarda
píquelo si quiere dos veces
pero no me lo devuelva porque ya no me pertenece
se me acusa de intuición, pero a penas
soy un hoplita de la desconfianza que viaja en tren desde hace mucho
y este mucho estírelo el lector hasta dónde le lleguen los recuerdos de la niñez
después multiplique por un tren cada quince minutos y saque la cuenta
la infantería hoplita contaba con falanges de varios centenares de hombres
cuerpo a cuerpo
cuya esencia era el movimiento en formación
compactados cual monjes cotidianos en hora pico.
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federico iglesias
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