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escribir



hizo lo que tenía que hacer
o, mejor dicho, creyó hacer todo lo que debía
agarró la cucharita para revolver el café
la puso a un costado, pensó
que ahí no molestaría ni lo distraería
sorbió café como quién indaga
con el gusto una textura y una imagen

esperó

a veces pasa, no es tan fácil
por momentos se ve a sí mismo
desde arriba a la izquierda
sentado de espaldas / una lámpara
refracta su luz a unos pocos centímetros
el escritorio sobre el que apoya los codos
por momentos vuelve al símil
hoja en blanco que devuelve la pantalla

entonces teclea y un zumbido rítmico
acompaña el crecer de las palabras
que lo devuelven a otros lugares
que son ideas difusas y concretas
un olor al acecho
un tono de luz
la fachada de una casa
el ladrido de algún perro
es volver a un viaje sin camino de vuelta
caminar la búsqueda de una palabra
que se abre como indicio

es escribir
así, agazapado, esperó

una paciencia forjada en todas las batallas
perdidas de antemano contra la ansiedad
un esperar activo, de reojo, tenso
en ese fluir del tiempo que produce el silencio.


federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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