.

.
.

Iglú


de aquel lado puro matorral hasta donde llega la vista
un alambrado infinito
de allá un cauce seco y pedregoso
serpentea perdiéndose en dirección del sol
es decir al oeste la sombra perpendicular
el recurso del agua para bordear y seguir
una excusa para no volver atrás
el final abrupto del camino precipitado
un puente que no me separa de nada
las plantas florecen con semillas propias
el resto es un caos regulado por instinto
una melodía escuchada por nadie
un cigarro y mirar alrededor
otra excusa por la que se filtra una búsqueda angustiosa
el albedrío como parte de una elaboración
inventada para una realidad que se ofrece en otro tono
los ojos en la nada lejana y anaranjada que transcurre
o mejor dicho una sucesión de ciclos diurnos y nocturnos
que se proyecta en el tono de la luz solar
una presencia imperceptible en los intersticios
del sobretecho del iglú agitado por el viento
esa precisión que adquieren las revelaciones
una sensación repetida de abrazo por la espalda
a esa hora sin tiempo en la que se convierte la noche



federico iglesias

xiii instantáneas

I

horizontal, un león se pregunta
frente a su espejo se pregunta
sollozando
¿por qué piensan en música las nubes todo el tiempo?


II

frasca en la rama
cándamo panoja y combustible,
tángano húmedo raíz
de cuál árbol


III

cuando vuelvo la vista no está
parpadeo
otra vez
parpadeo
membranas de ojo cerrado
las abro, y no está


IV

cuantas van, gotas que empujan ayeres sin mañana
o mañanas de ayer huérfanas de hoy,
gotas de adentro, a presión laten húmedos
puñalcitos atravesados en el cielo
como nubes reflejadas en un charco


V

no sé si me despertó esta gota pesada
u otra cosa,
dormía boca arriba, y de pronto
los ojos se alzaron con un parpadeo repentino,
el techo apareció ajeno
con la bombita colgando del cable
desconocido casi para estos ojos lagañosos
que enseguida buscaron el reloj.
era temprano, si es que importa la hora.


VI

tarda mucho el cuello de un lado al otro
la cabeza de orejas contra los hombros,
son varias cabezas inclinadas
en abanico ascendente una y otra
y otra vez, en cascada fichas de dominó,
de domisí, de dominosé.


VII

un destino improvisado, un traje al sastre,
que cosía de balde a lo correveidile
y en el puerto puertas y portones
embarcado a cuenta gotas,
o patas de araña, arañitas de angustia
en el estómago y dónde sino
lastiman, lástima que afuera
gastríca la noche una garúa
de luces apagadas ó como hoy
sin luna, hasta mañana tampoco


VIII

incertidumbre
en cada letra
desde hace más que
hace mucho
incertinidad, dijo
a la mañana
con gusto a yerba mate
incertitud, en silecio
de acá para delante
una cuerda en forma de espiral


IX

La máquina que no da respuestas:

--¿Qué es el amor?

No se encuentran respuestas a la pregunta redactada.


X

nada imperceptible
un pez dos
por el agua-nube
que rebalsa mar adentro


XI

sean capaces de volar boca abajo
como hizo la mujer oceánica
que atravesó el desierto
sin que a los peces
nadar les importe


XII

enmarihuanado el lomo
lomo semeja una locomotora
ñomo-como-lomo: un tren con pañuelo


XIII

el párpado no perdona
y un teléfono interrumpe
una siesta por ejemplo
a la mitad trasplantado
vuelta al sueño
desde el colchón a la puerta de calle
cerrándose a portazos
y el eco telón de fondo
enchufado a la ventana
una siesta
yantar la tarde somnolienta


.

gonzalo rojas

Un cerro hecho como un sombrero



el sexto monte de este a oeste
era la referencia
para los navegantes
que entraban al estuario

pero yo nací del otro lado
en la otra orilla
de un río que no tiene
ganas de mirar atrás

y sin embargo el hechizo
en el aire las calles y música
como una mujer apenas conocida
su sonrisa de hace mucho

son tambores, y el tango compartido
y su voz marinera encantada
ciudad vieja y amurallada
quizás idilio: una tarea del amor



f. i.
19 de octubre 2013
.

Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
.
.