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Iglú


de aquel lado puro matorral hasta donde llega la vista
un alambrado infinito
de allá un cauce seco y pedregoso
serpentea perdiéndose en dirección del sol
es decir al oeste la sombra perpendicular
el recurso del agua para bordear y seguir
una excusa para no volver atrás
el final abrupto del camino precipitado
un puente que no me separa de nada
las plantas florecen con semillas propias
el resto es un caos regulado por instinto
una melodía escuchada por nadie
un cigarro y mirar alrededor
otra excusa por la que se filtra una búsqueda angustiosa
el albedrío como parte de una elaboración
inventada para una realidad que se ofrece en otro tono
los ojos en la nada lejana y anaranjada que transcurre
o mejor dicho una sucesión de ciclos diurnos y nocturnos
que se proyecta en el tono de la luz solar
una presencia imperceptible en los intersticios
del sobretecho del iglú agitado por el viento
esa precisión que adquieren las revelaciones
una sensación repetida de abrazo por la espalda
a esa hora sin tiempo en la que se convierte la noche



federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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