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Conducta

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Presa de una fantasía: esferas
laberintos de ligustro bajo el agua
toma del pico y avanza
Pero nadie se va del mundo así
sin una muerte que lo acompañe
hasta el asiento de partida.
Lindo quilombo en el que te metés
con eso del mundo y las esferas
no importa
Camisa de veinte varas,
discusiones seculares que amontonan
tomos y polvo en tapas gastadas.
Acepta la fantasía o degenera
imposibilidad del actuar
en cuanto membrana anti-sentidos
o nube confusa obtusa pétrea rígida
inmadura y siguen las firmas.
Una vez, un recuerdo:
espejos oculares de pasado espeso
y estas letras vendrán a la postre
como ese tren que pasa siempre
más o menos a la misma hora.
Y dale con la imagen ferroviaria
espejismos de ese páramo que no es Pedro
una estación vacía, un otoño sin ocres.
Ahora te pido que te levantes
des cinco o seis pasos hasta el baño
y te detengas frente al lavatorio
la mirada al frente es decir hacia adentro
no, no las manos dejálas quietas
con preferencia en los bolsillos.
Bien, así, ahí está.
Ahora quedáte un rato así parado
en lo posible sin parpadear
fijos los ojos en ellos mismos
respirá con normalidad
sin impostar un ritmo acompasado
eso es, así.
Había tomado este hábito
que se figura en fugas
sucesivas fugas de lugares
que a un impulso dejaban de serlo
ya no entendía nada, entonces tiene que parar.
Putea sin razones al silencio asesinado
inclinaciones más afectas al drama que a la acción
vuelve a la mesa enciende un cigarro se sienta a fumar.

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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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