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jueves rojo y verde

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un amanecer echado por la borda
una persiana que gotea luz del día en cuadraditos
una mirada que late quebrada / fija un punto en la pared
un silencio apuñalado por un sonido digital
por qué así
no tan lejos un jueves rojo y verde abrazados
un bosque a la ventana como después de la lluvia
quedan las hojas centellean, chispean, lucen
una brisa cálida, tu ojos aéreos, tus pies en el vuelo
una nube en un cielo no contaminado, te acordás
perfumes que exhalas como flores blancas
en días de tierra mojada y olor al verde que nos rodea
y al rojo, de brazos que te sostienen y hacen girar
placeres que no alcanza el lenguaje
no se atreve a nombrar por temor al sacrilegio
ah, palabras escritas por el viento quedan
como después de la lluvia que pasó, esas gotas
obligado a desmalezar esta cabeza
enturbiada dispersa obsesiva fantasmas
más que muro, fuga triste y bronca
con otros ojos, ataque ciego y derrumbe
duele pensar en esta excusa que actualiza
no se detiene y brota en gotas saladas
entre las manos húmedas que se rehúsan a escribir


federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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