"No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar las banderas de la imaginación"
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De cómo una derrota deja de serlo
Yo fui uno de los últimos en subir al barco. Así andaba entonces, de a ratos el cuchillo entre los dientes, otros paciente impaciente, la ansiedad devora estómagos, la certeza hecha un nudo atravesada al despertar un día más y no un día menos. He aquí una historia de batalla. No pretende ser épica, no celebra Héroes y Demonios, no hurga en la mitología un paradigma argumentativo que le de cabida entre Las Letras. He aquí una historia de batalla. Escrita desde por y para ella, digo la batalla, (y batalla rima con ella y eso me da un respiro). Nosotros ¿teníamos un barco?, lo hacíamos navegar y era un barco rentable, lucro ajeno, salado como el agua que lo soportaba desde hacía toda la vida y más atrás, desde hace no sé cuánto que el hombre se animó a una ley física desconocida durante miles de años, intuida por la necesidad apremiante de la supervivencia y el ansia de aventura, eso que nos gusta llamar historia. El barco estaba, digamos encallado, no, digamos ¿a la deriva?, tampoco, digamos fondeado, menos; digamos algo que no se haya dicho sobre un barco que estaba ahí, no me pregunten cómo: La historia del hombre cabe en un barco. Nosotros ¿teníamos? un barco que flotaba, eso seguro. De hecho lo arrebatamos casi sin darnos cuenta, ante una perspectiva que enseñaba un horizonte de trincheras a ocupar. He aquí una historia de batalla.
Una ilusión entonces, algo de que sostenerse, dos o tres certezas bien puestas, todo esto cabía en una valija pequeña, llena de libros y ropas apretadas, único equipaje que autorizaba el reglamento de navegación. Decir un barco es decir su flota, cuya misión era desembarcar en una bahía casi desconocida, no sólo por el botín que prometía toda empresa de este tipo, sino por algo mucho más difícil de conseguir en estos tiempos en los que uno se trepa a un barco y ocupa su trinchera. Y ese algo es el propósito de esta batalla, de esta historia de batalla.
Una vez abordo, algunos subidos sin vacilar, como ocupando su lugar natural, trepados a los mástiles, trincando anclas, botes y demás pertrechos, izando velas, ayustando piolas y relingas, azocando nudos, haciendo lo que había que hacer; otros más dubitativos, como las olas que les provocan mareos y se quejan todo el tiempo y no colaboran, otros porque sí y otros porque no, todos a bordo por razones de raíces económicas, echadas como anclas al fondo del mar. ¿Qué se hace en un barco una vez todos a bordo? Hay un manual de procedimiento que es tedioso ponerse a detallar, sería como explicar la ley de flotación de los cuerpos, la ley de la deriva continental, la ley de plusvalía en nuestro hacer navegar al barco. ¿Soy claro? Lo dudo y eso me obliga a seguir. Salimos a mar abierto las 24 horas. Organizamos la navegación con la horizontalidad que nos permite el balanceo constante del barco, apelando a la experiencia de algunos, a la buena voluntad de otros; contra la indiferencia de quienes solo veían en el barco un objeto que flotaba y nada más...
Se trata de un poblado de antigua data, probablemente producto de las oleadas de migraciones y fundaciones de los pueblos allende el océano. Rosental era el seudónimo del Duque que la compró y sometió en alianza con un grupo de familias vasallas, muchas de ellas de raigambre tradicional, a las que se había ligado a través de varios matrimonios y la firma de un pacto de sujeción. Sir. Gólum Rosental, así se hacía llamar, era un hombre que se distinguía por su egocentrismo descomunal, era arrogante y de una cultura elevada para la época. Tenía ciertas inclinaciones filantrópicas que satisfacía echándose parrafadas de manuscritos sobre lo que había o no que hacer respecto a tal o cual tema. Tomaba las decisiones sin consultar a nadie, era rígido en las normas y severo para los castigos. La importancia de esa bahía en la que habíamos de desembarcar, hay que buscarla en la promesa de un territorio no a conquistar sino a recuperar, a expropiar.
¿Éramos 400, 150, 80, 15, importa cuántos? ¿Importa quién relata? Atrás quedaban los días de búsqueda merodeando el puerto, preguntando aquí y allá con obstinación de jabalí, sintiendo el rumor del oleaje que el viento acercaba a modo de presagio, y más allá la neblina que cerraba los muros sobre la madrugada del agua calma, la marea casi rozando el borde de la luna dónde un tipo aprovecha ese momento para saltar a la superficie lunar; y la crujía constante de las tablas amarradas sogas gruesas saladas rudas apretadas húmedas con nudos de cien vueltas a un palo alfombrado de moho verdoso, y el detalle que obliga a soltar amarras.
La costa a simple vista no se ve, hay que usar binoculares para distinguir el campanario de una iglesia y más atrás, trepados a una colina verde amarillenta tres molinos que asoman sus ruedas por encima de la muralla que rodea el burgo. Esa noche no anclamos sobre la bahía, navegamos en círculos para no perder la ubicación, los menos durmieron de a ratos, el insomnio cundía en el viento que parecía traducir la ansiedad cuando golpeaba contra una bandera que flameaba en jirones más bien púrpuras. Algo, mucho menos indeterminado que el nombre que lo significa, algo por lo que habríamos de dejar la vida si era necesario, algo por lo que de hecho la dejábamos todos los días, en cada nudo, en cada levantarse a cualquier hora y saltar de la cama, con la certeza de hacer lo correcto pero con el estómago lleno de dudas que apretaban como úlceras. Los mareos comenzaban por el estómago y trepaban a la cabeza, muchos vomitaban, otros se retorcían en la cama doblados en dos, había que evitar esos mareos manteniendo un equilibrio difícil, precario, tenaz.
Rosental era una ciudad casi desconocida, que a pesar de estar ubicada sobre una bahía no figura en los relatos bíblicos ni en las referencias que los viajeros dejaban como constancia de los lugares por los que pasaban, señalando distancias y condiciones de navegación, con el fin de armar hojas de ruta y compendiarlas en volúmenes gruesos y pesados que todo barco que se preciara de tal contaba en su gaveta de mando. A esta bahía se accede en cierta época del año, cuando aumenta el caudal de agua y el viento deja de huracanarse y permite una navegación peligrosa pero posible. Había que animarse. Pero para animarse había que conocer estos detalles, que a un lector desatendido le parecerán obvios, pero que eran la piedra angular de la búsqueda de ese algo que se materializaba en cada paso correcto, en cada equivocación. ¿Nuestro? barco no se preciaba como tal y no tenía volúmenes gruesos y pesados en su gaveta de mando, se animaba a la navegación por amor al viento, por amor a los cañones que sonaban como himnos.
(¿No les dije que era una embarcación de guerra, no les dije que sus cañones eran una llave que habría cofres y palacios, no les dije que la guerra es la continuación del comercio por otros métodos?) Suena el primer cañonazo el barco se sacude, se oye un grito de celebración y al ratito el estallido del impacto cerca de uno de los molinos, así una salva de seis cañonazos preludia el ataque de los arcabuceros. Sir. Gólum Rosental todavía no sabe, cuando escucha el primer cañonazo y luego el impacto que zumba en sus oídos refinados, que su suerte está echada, que dos de sus galeones, que surcaban aguas moriscas, naufragaron al toparse con una marina de guerra inesperada en un golfo de nombre intraducible, y que el otro galeón, el resto de la flota que guerreaba y comerciaba para él, ¿nuestro? barco, está de regreso, y cañonea desde la bahía.
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federico iglesias
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Epílogo
“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"
Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.
El editor.
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