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Aves de cielo digital


sin saber qué quieren caen en picada
los pájaros que vagan dicho cielo
como piedras atraídas / por la ley de gravedad
rondan deambulan yerran peregrinan

siempre en el mismo lugar
olla sucia quién te da de comer
esta no es la casa de la poesía
señora de lo no dicho, ausencia corpórea

esquivando páginas, alardes anaranjados
papelitos escritos por ahí
qué palpas con la mirada, abrí los ojos
cerralos, algo distinto de estas palabras

buscan amor sin atrevérsele, aletean
queremos verlo, a eso vinimos, volamos
¿quién manda, la mirada o las cosas?
imposible saberlo

es otra cosa, serán las nubes
caminamos ocho días noches dormimos
camino de ida, como todo camino auténtico
mírate un poco y desmaleza, no sos pájaro?

quién está detrás de tu carne del mundo
(nadie o nada) mueve los hilos, dónde está
no queremos al poeta, le dijeron
cuando abre la puerta cancel en ojotas

no a ti, presencia paralela sombra
silencio de paisaje fotográfico
hasta aquí del mundo al atardecer
¿qué es eso de la sangre que corre por las letras?






federico iglesias


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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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