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Plaza

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en su caballo de bronce el General ídem
canteros floridos, césped prolijo
el arenero y el toro-barril, hamacas
bancos y senderos atravesándola
veinticinco años después
la Plaza está enrejada
vigilada con cámaras, despojada
de lo público de su espacio
mi abuelo iba a esta Plaza a jugar
al truco, al dominó, a que era millonario
a que tenia estancias en La Pampa
y yo me subía al toro-barril
mesas de dominó y señores de pelo blanco
escaso, encorvados, con bastones
de miradas extraviadas alegres, a quienes
el ciclo biológico acercaba más que a los adultos
una y otra vez me llevó a esta Plaza
del General de bronce a caballo ídem
que todavía no estaba enrejada
ni vigilada con cámaras
mi abuelo que era gorila, es decir
aniperonista y también antibostero
iba a esta Plaza a jugar
al truco, al dominó, a que era millonario
hoy la Plaza está enrejada
vigilada con cámaras
despojada de lo público
de su espacio enrejado y vigilado
mi abuelo en cambio
está enterrado pero anda suelto
de pelo blanco y bastón
en cada pibe que juega en una Plaza
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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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