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Airero

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“senderos de brisas aireros hicieron
cantar a los árboles son que da el viento...”
E. Mateo


eras una nube en un cielo no contaminado
aunque flotabas lúdica como el humo dulce
que invitaban tus manos encendidas
te dejabas volar con ese tono que tiene el viento al atardecer
las nubes que atravesamos se anaranjan violáceas
expandidas al horizonte

tu cadencia mediterránea inspira y exhala palabras aéreas
que acarician e inventan placeres nuevos
nuestras lenguas se acoplan y me entrego
a tu boca y te descubro en un orgasmo
que nos habita por la mañana
cuando una hoja en blanco se insinúa
una trampa del juego

no hay dimensión de la percepción
que tus ojos no abarquen
cuando hablan con ese silencio que tienen al mirarme
en los que me sumerjo a tu abrazo fundante
porque el juego vuelve y tu relato me construye
espacios para escribir a las tres de la mañana
cuando ese algún día se hace hoy
y el dictado de una voz que narra con todos tus sentidos
combate la hoja en blanco en un poema de sueños de aire



federico iglesias


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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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