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Muros

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de acero separan la frontera entre  México y Estados Unidos
de hormigón se construyen entre Israel y Palestina
inmensos de piedra guarecían a las ciudades antiguas
de hambre y de alambre en Ceuta y Mellila
electrificados aíslan los countries, barrios privados
cotidianos de vergüenza indiferencia
de silencio y olvido
de prejuicio en la calle, muro de clase
del miedo que siente el privilegiado
frente a aquellos a expensas de los cuales disfruta sus privilegios

concebidos siempre para separar
propiedades
países
personas

a cualquier hora, mientras viajas al trabajo por ejemplo
mientras comes dormís te abrigas o le pones azúcar al café
somos muchos los que intentamos
saltarlos atravesarlos cruzarlos derribarlos
no nos importa el peligro que corremos al hacerlo / o sí

y cuando algunos / muchos mueren
morimos en el intento
el acoso de la vergüenza, indignación e hipocresía
por internet radio diarios y tv:
apocalípticos y prestidigitadores del futuro
santurrones burocráticos a la orden del día
– ...que es lógico que la gente huya de la miseria
– ...que algo tenemos que hacer
– ...que lo hacen porque no tienen nada que perder
– ...que hay que buscar culpables
– ...que etcéteras humanitarios y xenófobos

pero cada vez más / muros se construyen
desesperados rondamos en torno suyos
esperamos una oportunidad para saltarlos atravesarlos cruzarlos
derribarlos / muros de clase
no nos importa morir en el intento / o sí
a cualquier hora, mientras viajas al trabajo por ejemplo,
mientras comes dormís te abrigas o le pones azúcar al café

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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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