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refugio y trinchera

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tus ojos le dan cabida al horizonte más deseado / al horizonte menos pensado
refugio y trinchera de una vida que quiere ser otra
un embrujo que nos atrapa, un poema que te nombra sin decir tu nombre
un terreno conocido a medias, vislumbrado una mujer que me sacude
como el estremecimiento que sacude al nervio que tensa un músculo
como tu mirada que me desnuda de todas mis carencias
como un recuerdo atesorado en lo imborrable de la memoria
como ese abrazo en la esquina de Ambroseti y Aranguren, energía en comunión
como una semana en vuelo de paracaídas
pero en vuelo hacia arriba, y la ley de gravedad que nos impone
un límite, un hasta acá, una esperanza, el tiempo está de nuestro lado
¿no es acaso el efecto físico de las palabras síntoma de un estado de excepcionalidad?
excepcionalidad permanente desde aquel abrazo quimérico
¿qué conjuro del destino nos cruzó en el aula de una universidad?
¿de qué fluido enigmático está hecho el tono de tu cadencia mediterránea?

con la sinceridad puesta al servicio del espíritu escribo
en el insomnio de tu ausencia
con la certeza de que esta tinta corrió antes por mis venas
en una continuación de mi cuerpo que te busca, que te extraña
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dic 2007

federico iglesias

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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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