.

.
.

Los Ustedes

.

¿Quién de ustedes dijo que el pasado queda para atrás, eh?, usted o Usted?, uno de los dos dijo “que el pasado queda para atrás”, vamos a ver, usted, no Usted no, usted venga, ¿para dónde queda el pasado?, mejor cállese usted. ¿Por qué el pasado quedaría para atrás, y aún un por qué antes todavía, atrás de qué, atrás del tiempo o atrás en la espalda, en el rabo...? En la parte de atrás de la casa hay un patio para ir afuera no al pasado, en la parte de atrás del colectivo están los cinco asientos en fila, atrás mío hay una pared que no da al pasado sino a una habitación. Pero uno de ustedes dijo “que el pasado queda para atrás”, muy bien, a ver Usted, deme un ejemplo. Usted se puso de pié y miró para atrás, se masajeó la nuca y contó que los negros habían venido todos amasijados en las bodegas de los buques negreros, que venían a trabajar a las plantaciones y a las minas, contó que eso había sido hace mucho tiempo atrás. Usted cállese, lo interrumpí, no nos dé clases de historia. ¿Mucho tiempo atrás de qué, Usted?, fíjese Usted atrás de ese baúl, o atrás de la heladera de la cocina a ver si encuentra algún buque negrero colmado de escorbuto, fíjese Usted cuántas toneladas de algodón cosecharon hoy los negros en sus dieciocho horas de trabajo, fíjese Usted atrás de la biblioteca. Dése cuenta mi querido Usted que el pasado de quedar para algún lado, queda todo para adelante, Usted y yo tenemos todo el pasado por delante. ¿Ahora es usted el que no comprende?, bien. Recién Usted nos dio un ejemplo de un supuesto pasado que quedaba atrás; dónde estaba usted cuando Usted nos habló de los negros y todo eso?, usted estaría distraído y por eso ahora dice que no comprende, pídale a Usted que le explique de nuevo porque yo no tengo ganas, no sé si Usted querrá. Usted también se negó porque dijo que usted no comprendía porque no quería. Usted encendió un cigarrillo y me convidó uno. No gracias Usted, no fumo.


federico iglesias
.

Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
.
.