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libertad relativa



Como no podía escribir me puse a escribir y así empecé. Es decir. Es hacer con la palabra lo que a uno le dé la gana. Relativamente. 
Libertad relativa, eso.
No era el poema ni la métrica, ya a esta altura fenecidos y vuelta a resucitar como buenos cristianos. Era necesidad de la letra, de la que empuja por ese túnel en el que a veces sólo corre viento. Ajustar el oído. Para escuchar lo que uno tiene para decir. Que para eso está la hoja en blanco, lo más parecido al silencio que vi jamás. Mentira, decir jamás es mentir. 
La palabra también sirve para mentir. O mejor dicho, la palabra solo “sirve” en la mentira. Lo demás no es "servir" sino hacerse.
Con la herencia de la verdad no se llega muy lejos, mejor dejarla entre paréntesis. El paréntesis la pone a salvo de ciertos rigores que imperan del otro lado. Ya no hay verdades que no se hayan dicho, total, inútil insistir en la repetición. De la mentira estamos hartos, así que para qué. Se trata de otra cosa que no es tampoco su intermedio.
Es como se dijo, otra cosa. Trabajos. Relojes. Asuntos invisibles. Monedas. Máquinas oxidadas. Papeles. Ventanas verdes. Algo que sucede temprano, como una melodía. Eso. Un recuerdo de algo mejor. Pero un recuerdo tirado hacia delante, futuro. Para no caer en la trampa de ir a buscarla donde se esconde. A quién, si fuera tal.
El hermetismo malintencionado deriva en cobardía. Decir para no decir y viceversa. La metáfora del fusil. El ejemplo que no encuentra… (perdón iba a escribir algo inescribible) entonces… piedra de toque, así se puede traducir. No tiene piedra de toque. El ejemplo que no se puede medir. 
Pero una necesidad no requiere explicación. O si la merece no le haremos justicia en estas líneas. Ahí está. Como no podía escribir me puse a escribir y así termino.




federico iglesias




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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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