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Rapsodia de uno

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fantasma el que produce el eco
qué vale una pena
esta presencia constante
de a poco la soledad
o una manía potenciada
por ese nombre sin letras
estado de la percepción permanente
ocupa aquí y allá, se sienta
en esa figura y talante que avanza
invisible y nunca ajena
la vereda al encuentro
eso que te rodea, ves
tantas veces
postergado por egos resentidos
a toda hora y noche
caricias rotas
uno tras otro
multitud de fondo
o delante los minutos
entre la que surge del bullicio
van a parar al fondo
nítido una mirada que te puede
parecer que viene de lejos
de un reloj a cuerda
que cuelga péndulo
peso muerto
y de dónde sino
incertidumbre trabajosa y fiel a quién
no, no moralices
dentro de un rato se larga a llover
y ahí tenés, tantas espalda
como caben en los gestos
amabilidad cortesía decoro
buenos modales dedo meñique
una geografía corporal no alcanza
detona o denota, depende
del mercurio, de lo que dure
el tiempo nunca detenido
va y viene como ayer
una canción sin fin, como un disco
camina en círculos y a través
otra vida que se fugó
de sus huellas oculta un pañuelo
en un abrir y cerrar de ojos
pero un círculo nunca es tal
sino un espiral / no espanta
un vestido sin espalda
una caricia sin piel
verse al espejo y buscar su cara
el abandono de un final

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federico iglesias
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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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