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cucaracha

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aletea desde la pared
marroneidad altiva
de resistir la radiactividad
espanta y repulsiva


permanece así uno, dos
tres, cuatro, veinte siglos
quiero darle con la sandalia y
se me escapa


no quiere morir boca arriba
pero alguna se suicida, las hay
precipitadas a la planta del pie
ó perseguida por un gato


rociada sino
el rigor mortis desequilibra
sus patas y vuelcan
a mi me dan asco


muchas cosas me dan asco
seguro por otras razones
las camionetas 4x4
los bombardeos a los pueblos
la burocracia sindical
el agua del Reconquista
la cárcel y el Vaticano
los fisicoculturistas


¿qué sabe la razón?
del asco que me produce
nocturna y marrón desprende

olores imperceptibles, bacterias

suspendida y marrón
en el aire desafiante
bajo una luz de bajo consumo
que la proyecta oblicua

va y viene en su bamboleo
de soy-cucaracha-y-qué
torea una incertidumbre quizás
eso me pareció

tendrá este blatodeo, pregunto
algún significado
mitológico, esotérico, etológico
lo ignoro al aplastarla.
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federico iglesias

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Epílogo


“las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas"

Frente al pánico de la hoja en blanco uno se pone a pensar y mientras fuma busca no un atajo sino el indicio detrás del que se abre un camino, un tallo común de dónde salen otros que, a su vez, se subdividen en otros, y así indefinidamente, algunos entremezclados, en direcciones opuestas, otros se acaban bruscos, otros ni se intuyen, pero todos y otros forman parte del racimo, y cuelgan en cierto sentido de la hoja en blanco, por eso lo del pánico tenga cierto asidero no tan lógico como parece. Escribir es encontrar la punta de la madeja y tirar con cuidado. Pueden pedirme que me calle cuando lo que tengo que ofrecer es poco más que nada, cuando sientan que las palabras no provienen del diálogo sino que se inventaron en la boca de quien escribe. El primer párrafo es ese impulso en el que definir los objetos cuesta pánico y es necesario entonces un par (por lo menos un par) de certezas de las que aferrarse fuerte para el embate inicial. Primera certeza: somos cuerpo y palabras, sociedad y frases, universo y textos. Pero también las palabras que no pensamos, las frases que no decimos, los textos que no leímos. El universo que no conocemos, la sociedad que queremos cambiar y el cuerpo que duele. ¿Para qué escribir? ¿Escribir para quién? Frente al espectáculo de la devastación hay que estar con el fusil en la conciencia, en cada página. Lejos de los concursos o concursis, fuera del ritual de las letras, estos renglones se abren paso en la hoja en blanco. Segunda certeza: escribo para otro. Incluso cuando, como ahora por ejemplo, escribo por el gusto de ver crecer las oraciones. Ese otro bien puedo ser yo cuando me vuelvo para adentro, pero eso no importa, u otro indefinido, nebuloso, que se dibuja apenas en la imaginación. Puede también que jamás sepa quién es ese otro que está ahora frente a este final de primer párrafo leyendo estas líneas, quién sabe cuándo y en qué circunstancias, si es que este final de primer párrafo tiene esa especie de suerte en sentido cualitativo que significa encontrar un lector.




El editor.
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